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Desde sus albores han sufrido varios golpes, tanto físicos como políticos. El ejemplo de la Unión Patriótica, con el exterminio de sus líderes visibles ( como Jaime Pardo Leal), así como de alrededor de tres mil militantes que sufrieron la estigmatización de la extrema derecha del país, dejó claro, en la década de los ochenta, que la izquierda no era un proyecto aceptable para mucha gente con poder.
Con la llegada del nuevo siglo, varios sectores disidentes de este espectro decidieron unirse en un partido único: el Polo Democrático. Pese a que, al principio, el Polo era considerado más una colcha de retazos que un partido unido, lograron éxitos muy grandes: la visibilidad sin par de congresistas como, por mencionar apenas algunos, Carlos Gaviria, Germán Navas o Jorge Robledo; las dos Alcaldías sucesivas en Bogotá; la Gobernación en Nariño…
El Polo, pese a sus divisiones internas, empezó a ser visto como un partido fuerte, que ganaba legitimidad. Sin embargo, esas mismas diferencias, esa falta de unidad fue una parte importante de su actual crisis. El asunto se catapultó con la desastrosa alcaldía de Samuel Moreno, presuntamente implicado en un desfalco multimillonario al Distrito. La baja popularidad de Moreno y la renuncia de dos de sus líderes visibles (Lucho Garzón y Gustavo Petro) fue la debacle del partido. Su caída en las elecciones locales y regionales recientemente celebradas es la muestra patente.
¿Se acabó la izquierda? No necesariamente. Pero sí es un momento para repensar qué hacer con ella. Petro tiene una responsabilidad inmensa y esperamos que esté al tanto de ella. No sólo es el alcalde electo de la segunda plaza más importante del país, cargo en el que debe desempeñar una gestión impecable para sacar a Bogotá de la crisis, sino que hay dos cosas más, inherentes a él mismo: su condición de exguerrillero (asunto clave en el tema de la reconciliación y la demostración de que un antiguo alzado en armas puede ser un gran funcionario), pero también su programa de centro-izquierda, que representa a la larga a esta tendencia.
Los Progresistas de Petro están recién estrenados. Y él ya ha hablado de generar acuerdos con algunos sectores del Polo, como Clara López (la alcaldesa encargada, quien ha demostrado que la izquierda puede hacer un buen gobierno) o Antonio Navarro. A Petro lo han criticado por esto. Sin embargo, es una carta bien jugada. Lo es en la medida en que evita que la izquierda muera. El Polo, aún vivo, podría depurar mucho más su partido. El hecho de no haberlo pensado antes les trajo a Samuel Moreno, quien en tan sólo tres años logró que el partido pasara de la cifra histórica de 915.000 votos de apoyo en la capital a los ínfimos 32.000 que recibió Aurelio Suárez el pasado 30 de octubre. Los líderes del Polo, como Carlos Gaviria, Jaime Dussán o Jorge Enrique Robledo, deberán dejar a un lado los discursos grandilocuentes, y darse cuenta de que con Petro a la cabeza y con una buena gestión, ellos y los Progresistas podrían convertirse en dos movimientos de carácter nacional.
¿Una propaganda a la izquierda polista o progresista? No tanto. Se trata más de una propaganda a la democracia. Sin un partido fuerte de izquierda, de oposición (en un país con una aplanadora Unidad Nacional), es muy difícil que se contrasten las opiniones, que los problemas inherentes al Gobierno nacional sean vistos por el ciudadano corriente. La izquierda pende de un hilo, y serán el Polo y el partido Progresistas los que demuestren que puede existir y realizar cosas buenas para la sociedad. Aún quedan cuatro años para esto. La paz, la reconciliación y la representatividad de sectores minoritarios dependen de ello.