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Se suele decir, y no sin razón, que en la guerra la primera baja es la verdad y este caso no es la excepción, ante la campaña de desinformación que no contribuye a despejar la incertidumbre existente, mientras la comunidad internacional permanece expectante. Son varios los dilemas sobre la mesa para Muamar Gadafi, quien ha logrado contener la embestida tras parapetarse en Trípoli y lanzar desde allí su contraofensiva militar y mediática. En el campo militar hay versiones encontradas sobre el control de bastiones importantes en la zona costera. El uso de la Fuerza Aérea ha sido determinante contra las fuerzas rebeldes, llevando el conflicto a una guerra de posiciones estratégicas que amenaza con prolongarse sin un ganador y lo único que podría terminar definiendo la situación sería la creación de una zona de exclusión aérea para equilibrar las cargas. Por el lado de la “guerra mediática” las cosas tampoco están claras. Mientras las cadenas internacionales, entre ellas Al Yazira, dan cuenta de las atrocidades cometidas por el régimen, Asif al Islam Gadafi, el hijo y sucesor del líder, dirige una bien planeada estrategia según la cual el país está mayoritariamente en calma y se enfrenta a algunos insurgentes apoyados por Al Qaeda. La comunidad internacional, por su parte, ha condenado de manera casi unánime a Libia y atendiendo a la resolución 1970 del Consejo de Seguridad, el fiscal de la Corte Penal Internacional, Luis Moreno Ocampo, ha abierto una investigación inmediata contra Gadafi y personas de su entorno, así como contra eventuales desmanes de los rebeldes. Al respecto, parece que se está revaluando la censurable actitud de pedir a los dictadores y monarcas de la zona, al decir de Thomas Friedman, mantener “abiertas las mangueras, bajos los precios del petróleo, no incomodar demasiado a los israelíes, a cambio de poder hacer lo que quisieran en sus países” y el dilema es qué hacer ahora en cada país donde prenda la revuelta. Existe el temor de que Libia se convierta en una nueva Somalia, por lo que Barack Obama fue contundente al dejar abierta la posibilidad de cualquier acción de acuerdo a cómo evolucionen los acontecimientos, mientras que para los europeos existe el peligro de un éxodo de refugiados hacia sus costas. Otro de los temas complejos es el del congelamiento de los bienes del dictador y de su familia, en la medida en que no es fácil identificar entre sus propios negocios y los que realizaba la agencia libia de inversiones en una gran cantidad de empresas alrededor del mundo, entre ellas equipos de fútbol y medios de comunicación. A través de dichos negocios Gadafi afianzó su nueva imagen de legitimidad internacional luego de haber estado en la lista negra de los miembros prominentes del “eje del mal” durante la guerra fría. Lo cierto es que mientras no se aclare el panorama las puertas quedan abiertas para una acción militar de la OTAN, autorizada por la ONU, tanto para una zona de exclusión aérea como para una improbable invasión terrestre. Aunque China y Rusia se oponen a cualquier medida de fuerza, los precios del petróleo siguen subiendo con sus imprevisibles consecuencias. Lo paradójico del caso es que Costa de Marfil, país no petrolero, se encuentra ad portas de una guerra civil por un problema de legitimidad electoral de su gobernante, advertida por Naciones Unidas, y no parece que exista interés inmediato de la comunidad internacional de actuar allí de manera tan contundente como en Libia.