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Además del cambio de tono, que permitió, entre otras cosas, restablecer la comunicación con los vecinos, las relaciones internacionales de Colombia han entrado en una nueva y positiva etapa. Hace una semana, por ejemplo, el presidente francés, Nicolás Sarkozy, invitó a su homólogo colombiano a una reunión del G8. Antes el presidente Santos había tenido un acercamiento con la OCDE, una organización de países desarrollados. Con Estados Unidos se ha querido entablar una relación distinta que trascienda los temas de seguridad. Además, el Gobierno ha manifestado expresamente su intención de estrechar los lazos diplomáticos y económicos con todos los países de la región. No sería exagerado afirmar que, por cuenta de las decisiones del nuevo gobierno, las relaciones internacionales de Colombia viven su mejor momento en décadas.
En cuanto a la política interna, el presidente Santos sigue disfrutando de su luna de miel. Hizo las paces con las altas cortes. Logró la aprobación de una agenda legislativa muy ambiciosa. Ha mostrado un interés serio en el reconocimiento y la reparación de las víctimas, así como en la necesidad de avanzar hacia una política integral en el manejo de la tierra. Y ha sido capaz de mantener, a pesar de las fricciones y las diferencias ideológicas, la colación de gobierno, la llamada Unidad Nacional. Para bien o para mal, Santos gobierna hoy en día prácticamente sin oposición. Recientemente el Gobierno se valió del invierno para expedir 37 decretos con fuerza de ley, equivalentes a una nutrida agenda sobre los más variados temas del país cuya aprobación habría sido imposible en seis meses. El Gobierno ya presentó un nuevo plan de desarrollo. Y tiene una estrategia fiscal definida. En fin, el Gobierno sigue teniendo la iniciativa legislativa.
Los primeros reclamos han venido por cuenta del aparente deterioro de la seguridad, un asunto que se creía controlado hace unos meses, pero que se ha convertido en un desafío mayúsculo. La amenaza planteada por muchas bandas criminales, las ya famosas Bacrim, se ha vuelto constante. Independientemente de su naturaleza, se trate bien de narcotraficantes o bien de neoparamilitares sin adhesiones políticas, las Bacrim son una real amenaza a la seguridad del país. Según un reciente informe de la CNRR, las Bacrim cuentan en sus filas con una cantidad considerable de exparamilitares, especialmente de antiguos mandos medios. Al parecer siguen utilizando los métodos de las Auc, pero su vínculo con la fuerza pública es débil; además, parecen tener alianzas oportunistas con la guerrilla.
Aunque Santos tiene cómo y con qué hacerles frente a los violentos, el liderazgo del Ministerio de Defensa parece estar en duda. También preocupa la improvisación en el manejo de la bonanza minera. Seis meses después, el Gobierno no ha dado todavía ningún paso significativo para fortalecer las instituciones mineras. Sólo después de varias tragedias pareció percatarse del tema. Hasta ahora ha sido completamente reactivo.
Por último, cabe señalar que las expectativas de crecimiento económico y, por ende, de reducción de la pobreza y del desempleo, son hoy menos optimistas que hace seis meses. La economía va por buen camino. Pero los resultados son apenas aceptables. No parecen compatibles con el optimismo, a veces sobreactuado, del presidente y sus ministros. Sin duda, el Gobierno lo ha hecho bien. Merece un reconocimiento. Pero no sobra recordar que lo duro está todavía por venir.