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Por mucho que lo parezca, la reacción del gobierno israelí no es ni espontánea ni preventiva. Por el contrario, obedece a una estrategia fríamente calculada con la intención de debilitar las bases políticas de Hamas, que no reconoce el Estado de Israel y ganó las elecciones palestinas de enero de 2007. Aviones israelíes atacaron la sede del Ministerio del Interior, la oficina del primer ministro, su casa particular e incluso, bajo el argumento de que es utilizada para fortalecer el terrorismo, las dependencias de la Universidad Islámica.
Desde la ocupación israelí de territorios palestinos y de Cisjordania y Gaza, en 1967, no se daba una operación de la envergadura de la iniciada el sábado. Se calcula que entre las víctimas se encuentran 89 civiles. Pese a que el gobierno israelí ha hecho explícito que su intención se limita a debilitar al grupo Hamas y que su objetivo no es el de ocupar la Franja de Gaza, como se hizo entre 1967 y 1995, el área fue clasificada como “zona militar cerrada” y se restringió el flujo de personas y el paso de periodistas. Todo indica que se trata del preludio de un movimiento de tropas terrestres. El gabinete israelí aprobó el llamado de 65.000 reservistas que, en compañía de tanques blindados y artillería pesada, podrían entrar por tierra para acometer lo que los aviones difícilmente pueden lograr. El propio ministro israelí de Defensa, Ehud Barak, ha dicho que la ofensiva “se ampliará y se profundizará tanto como sea necesario”.
Entre tanto, la comunidad internacional, salvo por el apoyo de los Estados Unidos y Alemania, parece de acuerdo en que los ataques israelíes han sido excesivos. No obstante lo cual, se ha limitado a exigir el cese al fuego de las partes involucradas, como si se tratase de dos enemigos igual de poderosos y efectivos. Amnistía Internacional, y no sin razón, alertó de una crisis humanitaria en la Franja de Gaza y pidió el cese de hostilidades. “Es completamente inaceptable —recalcó— que Israel siga intencionalmente privando a 1,5 millones de personas de alimentos y otras necesidades básicas”.
Menos complacientes, facciones radicales del mundo árabe, como el Hezbolah y el propio Hamas, retomaron la retórica de la guerra santa e hicieron el llamado a una tercera intifada contra Israel —la primera arrancó en 1987, dio lugar a los Acuerdos de Oslo en 1993 y propició la creación de la Autoridad Palestina, y la segunda fue aplastada por el ejército israelí en Cisjordania en 2000—. En ese mismo sentido, el jefe político de Hamas anunció que la resistencia se dará a partir de operaciones suicidas. Operaciones que no se utilizaban desde 2004 y que con seguridad intensificarían la respuesta israelí. Es más, una agencia de noticias iraní anuncia 7.000 voluntarios alistados para cometer atentados. Menos radicales pero con igual simpatía por la causa palestina, 4.000 egipcios manifestaron en El Cairo en protesta por la operación israelí e instaron a Egipto a que corte relaciones diplomáticas con el país hebreo.
Todo parece indicar que la guerra en el Medio Oriente se recrudecerá. Pese a que son muchas las expectativas en torno de lo que hará el futuro presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, no es claro si su carismática presencia y el cambio de paradigma que supone el fin de la política exterior neoconservadora serán suficientes para contener la creciente polarización y la belicosa y desmedida actitud de Israel.