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Un Molière de circo

Molière, después del éxito de La escuela de los maridos, su primero, decidió golpear dos veces con una burla cruel a los hombres que tratan de poner en posición inferior a las mujeres y creó al año siguiente esa obra maestra que es La escuela de las esposas, donde el personaje central

Manuel Drezner
16 de junio de 2008 – 03:51 p. m.

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(originalmente era actuado por el mismo Molière) afirma que la única manera de estar seguro de la fidelidad conyugal es consiguiendo una mujer bruta. Claro que al final otro personaje asegura que el modo de evitar los cuernos matrimoniales es no casándose.

No cabe duda de que Moliére era fundamentalmente un dramaturgo que a través de lo cómico hacía sátira profunda a personajes de su tiempo. Bajo su pluma feroz cayeron hipócritas, avaros, nuevos ricos y médicos, entre otros, pero siempre con finura y sutileza. El Teatro Nacional ha seguido su temporada con la presentación de la obra de Molière La escuela de las esposas, dirigida por Pawel Novicki, y hay que decir que todo lo que era comedia fina y sutil en el original de Molière, se convirtió en farsa de circo con muchos ribetes de vulgaridad en lo que se vio aquí.

Como Molière fue el primero que hizo la Crítica de la escuela de las esposas, él fue muy claro al decir a través de Dorante, alter ego del dramaturgo, que se podían ver muchas cosas en su obra, pero lo que no se encontraba en ella eran groserías. Lo malo es que en gesto y palabras la versión de Nowicki las tiene, o sea que se está apelando a los instintos más elementales del público y sin necesidad. Somos muchos los que creemos que Molière se defiende solo, sin que el director tenga que agregar, como en este caso, una serie de payasadas. Es verdad que ellas divierten al público (y hay que decir también que tal vez Nowicki no se equivocó en su apreciación de que en su versión de la comedia estaba reflejándolo), pero entonces es injusto con el pobre Molière achacarle a él algo que estaba lejos de sus intenciones.

El montaje, desde luego, muestra a un experto en dirección escénica, así la interpretación esté lejos de ser convincente, ya que evidentemente Novicki buscó más los efectos que la transmisión de lo que quería Molière y los actores, por habérseles exigido la exageración de la farsa, se repitieron en forma constante y estuvieron por eso muy planos.

La escenografía era también demasiado plana para una adecuada variedad de movimientos y la presencia de los músicos que le agregó el director, era algo que ni avanzaba la acción ni la explicaba y por tanto sobraba. Los papeles cómicos de los dos sirvientes, como los otros personajes, se presentaron como farsa, tuvieron que convertirse en payasos y hablaban con un raro acento que muchas veces no permitía entender lo que decían.

En resumidas cuentas, se perdió una magnífica oportunidad de presentar bien una de las obras más fundamentales del teatro cómico, aunque también hay que decir que el público, ignorante de los deseos de Molière, se divirtió mucho.

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