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Muchos discuten sobre el futuro de los museos, de cómo acercarse a las nuevas generaciones y de despejar la idea de la fosilización del arte entre cuatro paredes. Grandes museos del mundo, a pesar de que tienen un público asegurado, se han puesto en la tarea de buscar otras líneas de acción, de generar nuevas expectativas, de ser creativos para conquistar más público y de seguir vigentes. El Louvre, uno de los museos más conocidos y visitados del mundo, no escapa a esta realidad, por lo cual, desde el 2003 le apuesta a darle cabida al arte contemporáneo en sus instalaciones.
Con este proyecto se busca renovarle la imagen al concepto de museo del siglo XXI, de reactivar la mirada artística en las colecciones y de crear la paradoja de que un museo puede estar también en constante mutación. Los lazos que se quieren crear entre pasado y presente vienen en realidad de una tradición histórica. En efecto, muchos de los techos del Louvre fueron encargados a artistas contemporáneos de la época, como el de la galería Apollon, hecha por Delacroix en 1849; la de la sala Enrique II, por Georges Braque en 1953, y quizá la máxima expresión fue la polémica pirámide de vidrio del arquitecto Pei en pleno centro del museo.
La presencia del arte contemporáneo en este gran museo parisino se manifiesta en formas diferentes ligada a la arquitectura, a las exposiciones temporales y a las colecciones permanentes. Este es el caso de la exposición actual del artista contemporáneo belga Jan Fabre, quien presenta su exhibición El ángel de la metamorfosis en las salas destinadas a las obras de la Escuela Flamenca, donde el espectador podrá redescubrir las creaciones de grandes maestros como Van Eyck, Bosch o Rubens. El hecho de encontrar una propuesta tan lanzada y arriesgada, como la obra de Fabre, en una sala tradicional de gran carga histórica significa poder establecer una nueva lectura de las obras del museo.
Jan Fabre estudió en la Academia Real de Bellas Artes en la ciudad de Anvers. A finales de 1970, Fabre empezaba a ser reconocido por sus performance y sus acciones provocadoras y ya en los años 80 era considerado como el artista prodigio de la Nueva ola . Ha probado casi todas las expresiones artísticas y se ha movido por los campos del dibujo, de la pintura, de la escultura, de los performance, el video y del teatro, donde el cuerpo ocupa el centro de su obra.
De hecho, en 1986 creó la compañía de teatro Troubleyn, y en el campo de las tablas ha recorrido los escenarios más importantes de la creación contemporánea europea, como lo es Le Théâtre de la Ville, en París, el Festival de Avignon y el Festpiele de Salzburgo. Así mismo, como artista plástico, también ha participado en las manifestaciones internacionales más prestigiosas del campo, como la Documenta de Kassel, las Bienales de Venecia, Lyon, Estambul, Valencia y Sao Paolo.
En El ángel de la metamorfosis el artista busca establecer vínculos entre su universo y las temáticas más importantes de los grandes maestros flamencos: el sacrificio, la muerte, la locura, el carnaval, las batallas, entre otros. Fabre propone hacer un recorrido a través de una treintena de obras, que incluye prácticamente todas las expresiones artísticas, que realce el diálogo entre un legado del que se siente heredero y su propuesta cargada de irreverencia y elementos sorprendentes. Esta exhibición hace parte de la serie Contrapunto, que se viene realizando desde el 2004, donde se enfrenta el pasado con el presente, permitiendo que las miradas se crucen.
Esta es, sin duda, una apuesta muy interesante y hasta desparpajada que permite desacralizar a un monstruo como el Louvre. Le da un nuevo aire, nuevas posibilidades para reinterpretar sus colecciones y una mirada desprovista de la racionalidad cartesiana.