Publicidad

Desastres naturales

Ya son dos los eventos catastróficos que tuvieron que enfrentar nuestros hermanos mayores de la Sierra Nevada de Santa Marta esta semana.

10 de octubre de 2014 – 11:56 p. m.

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

En la madrugada del lunes un rayo cayó de los cielos en la kankurúa, una choza ceremonial ubicada dentro del pueblo que queda en la cabecera del río Guachaca, matando a 11 indígenas e hiriendo a 20, y como si eso no bastara y sobrara en términos de tragedia, el martes un alud originado en el corregimiento El Cincuenta, en Fundación, Magdalena, sepultó a seis indígenas de la comunidad windiva. La naturaleza llevándose todo a su paso.

Dos versiones surgen en el debate a la hora de evaluar estos desastres naturales. Dos versiones que en nuestra relación con los indígenas hay que tener en cuenta para generar un diálogo razonado a la hora de establecer soluciones o prevenciones: ahí vimos a Ramón Gil, máxima autoridad de los wiwas, diciendo que la naturaleza hace dos años le había advertido que la tala indiscriminada y los saqueos a las montañas sagradas generarían consecuencias de este estilo: un rayo que los destrozara vivos, por ejemplo. No podemos sino oír a este líder indígena y dejar que esas comunidades solucionen a su manera la relación (de otro orden, en una visión del universo mucho más amplia) que tienen con la naturaleza.

Pero harto es lo que puede hacer el Estado para prevenir este tipo de eventos. Aunque no sobra (de ninguna forma) hacer caso a la recomendación del líder mamo, y ampliar el campo de protección que sobre estos territorios se cierne. Lo primero que puede hacerse es atender su petición de reunirse con el Gobierno para analizar las problemáticas que existen en los resguardos de todas las comunidades allí presentes: sobre todo en lo que tiene que ver con el saqueo y la eliminación de los bosques. No se trata de imposición de un mundo sobre otro, sino de la difícil tarea de generar un diálogo incluyente, una propuesta conjunta, una normatividad de prevención que esté escrita con el espíritu de los dos mundos. No es fácil, sobre todo, porque han sido bien escasos los ejemplos positivos de esta conducta. Pero existen y a ellos habrá que remitirse.

Por otra parte, es bueno que el Estado empiece desde ya a pensar en la planeación y la prevención de las catástrofes. Las labores de pedagogía y de infraestructura hacen falta para prevenir las muertes por rayos en Colombia. No solamente la colocación de los efectivos pararrayos, que en las zonas rurales hacen bastante falta, sino también en la enseñanza de cómo y dónde es más fácil salvarse de este fenómeno natural que a veces puede resultar devastador. En cuanto a lo otro, la segunda tragedia que le pone cara a un déficit de protección, hay que hacer caso a las alertas del Ideam en los casos de una contingencia, pero mucho más hay que hacer una planeación correcta del territorio en esos corregimientos donde pueden presentarse problemas de este tipo.

Los indígenas afectados son la visibilización de un problema que nosotros, desde nuestra perspectiva occidental, conocemos también: que la relación del hombre con la naturaleza está poniendo en peligro la vida misma de las personas. ¿No aprenderemos la lección dictada por quienes la consideran sagrada? Convendría hacer un alto en el camino y mirar, en nuestros propios términos, qué es lo que estamos haciendo con el territorio mismo. ¿Cuántas de estas catástrofes ambientales podríamos impedir con una mejor planeación? Ida y vuelta, los indígenas podrían enseñarnos algo más. La puerta está abierta.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido