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Habló siempre como un apóstol y se enfrentó al mundo argumentando que la probabilidad era la única guía para la vida, pero esa guía tenía que hacer un camino, por encima de la niebla de la incertidumbre. La incertidumbre impuesta por las lógicas del mercado, de los banqueros o de los dueños del sistema, a quienes siempre increpó.
John Maynard Keynes, el amante de la creatividad y la observación vigilante, el británico a seguir, porque dimensionó un nuevo sentido de las magnitudes al creer que las intuiciones de los científicos valían lo mismo que las de los artistas. El hombre que se formó en un habitus privilegiado de conocimiento y que llegó a creer que era el tiempo de los estrafalarios, de aquellos hombres curiosos y obsesivos —como él— para quienes la intuición era más fuerte que la lógica o el intelecto.
El académico desafiante que invitó a sus discípulos a volar y a despojarse de la gloria escrita en los libros de Adam Smith. A retar a su maestro Alfred Marshall y a aprender lecciones que cuestionaran la peligrosa ignorancia y la usurpación del poder.
Un amante de las palabras, adicto a las novelas. El obsesivo que escribía diarios como una costumbre heredada de sus padres y llevaba un registro exhaustivo de las horas trabajadas cada día, para concluir en un único dato global que resumiera su disciplina de manera anual. Pero también, cifras de los libros leídos, los teatros visitados, los partidos de golf jugados, el tiempo de escritura de sus cartas y poemas. El que rayaba sin tachar, amplias descripciones de sus visiones de mundo, porque no quería dejar nada, nada al azar.
El que terminaba sus trabajos con líneas de poemas y se reunía secretamente en sociedades políticas nocturnas, por pura pasión, porque los días los ocupaba en la fascinante tarea de escribir sobre la historia del mundo. El perezoso que muchas veces en la mañana, apagó la alarma para no levantarse. Que prefería el drama, la comedia y los musicales, porque lo alejaban de la visión trágica del mundo anulador de los deseos instintivos, precio pagado por la civilización para alcanzar el progreso.
Keynes, el intelectual que les imprimió salidas a las crisis, para no desesperar, porque heredó irremediablemente, la constancia y la voluntad de unos padres que permanecieron unidos 67 años en matrimonio, para enseñarle que la vida no necesita la disciplina del sufrimiento.
Su gran lucha como pensador fue encontrar un equilibrio. Las mismas batallas que muchos años dio John Nash; las luchas modernas del hoy nobel francés Jean Tirole, de reconciliar la felicidad personal y el deber social. Líneas divergentes, rutas de vida que para él valía la pena transitar, independientemente de cualquier justificación utilitarista, muy lejos del egoísmo racional.
Un corajudo y determinante ser humano que realizó aportes constantes al pensamiento moderno, porque creía que cuanto más rápido el sistema cumpliera la promesa de producir riqueza para todos, más pronto estaría la humanidad a un paso de vivir la buena vida, de valorar el presente sobre el futuro, los fines sobre los medios, lo bueno sobre lo útil.
Una mente gigante y abierta para unas manos tan pequeñas, con una inteligencia que desbordó su delicado cuerpo. Keynes, el joven que dedicaba dos horas extras a las matemáticas, cuatro días por semana. El estratega que ganó todos los premios de su escuela, haciéndolo por el placer del trabajo, no por el de perseguir medallas.
El pensador que lucía fresco y lleno de consideración en sus discursos, el que podía perdonar los pensamientos desleales de sus amantes. Una mente aguda y crítica que odiaba bailar, que rechazaba las fiestas y no encontraba dama que lo atrapara. Que no halló explicación satisfactoria de su tendencia homosexual, ni de la bisexualidad de dos de sus hermanos.
Un hombre que redimió su falta de belleza física con un espíritu sensible e inteligente. Un apóstol de la verdad, un apóstol sin lágrimas, con mucha devoción y respeto por el otro, aunque a veces pensara que los demás eran demasiado malvados.
El que en gran parte de la vida adulta excluyó a las mujeres, excepto a las de su familia, porque quizá creyó en una forma de amor defendida en esos círculos en los que tomó fuerza la idea de que las mujeres eran seres inferiores, víctimas sociales de una preferencia sexual que llamaron “la sodomía superior”.
Empujado por la controversia entre el librecambismo y el proteccionismo, gritó públicamente al inicio de siglo: “¡Abajo los pontífices y los aranceles!”, porque había que acabar con todos los esquemas de redención y represalias comerciales.
“La cuestión para mí no es si tienes derecho a hacer que tu gente sea desgraciada, sino si hacer que sean felices no va a favor de tu propio interés”, sostuvo el economista de todos los tiempos, cuyos principales intereses intelectuales fueron la teoría de la probabilidad y la estadística, sólo porque le interesaba el problema de la causalidad en el comportamiento económico, y qué se podía deducir a partir de la evidencia estadística.
El fundador del Club de Economía Política, la institución más famosa de la Facultad de Economía de Cambridge. El tutor individual que se autodenominó una máquina de vender economía por horas, como se lo confesó a su primer gran amor, el pintor escocés Duncan Grant, indicándole que le disgustaba enseñar, especialmente a mujeres.
El funcionario que defendió el servicio público como motivación para la acción. Una mente que se acomodó a lo que vivía el mundo, explicándolo genialmente, incluso después de la guerra, argumentando que la abolición de la clase rica podría ser reconfortante, y de algún modo sería para bien, aunque se temiera un empobrecimiento general.
Un periodista natural que dejó claro en sus textos los sentimientos por los banqueros, increpándolos por restringir exageradamente los préstamos. “Deberían fundir todo el oro para hacer una gran estatua del cajero jefe y colocarla en un monumento tan alto que no pudiera volver a bajarse”, dijo en alguna oportunidad.
El ser universal que alineó la economía con la ética, la cultura, la política y la sociedad, en una palabra, con el espíritu del siglo XX. “El subvalorado John Maynard Keynes”, como concluye su gran biógrafo, Robert Skidelsky. El discípulo que entendió perfectamente que el gran secreto del apóstol sin lágrimas fue conectar la economía con el sentido común, siempre con un toque de urgencia, con un plan para mejorar las cosas y con prioridad extrema por la intuición, antes que la razón.
Un espíritu oculto bajo el velo del cristianismo. El economista poco convencional que hizo parte de los últimos hombres que afirmaron gobernar las cuestiones humanas en nombre de la cultura, en lugar de la economía y la política.