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Un día uno se levanta de la cama, digamos el pasado 24 de abril, prepara una taza de café y antes de entrar a la ducha decide echar un ojo a las noticias. Da un clic en el portal del periódico Reforma o La Jornada y descubre que una epidemia de influenza se extiende por las calles del Distrito Federal, nada menos que la segunda región más poblada del mundo. Es una mañana fresca de primavera.
El gobierno ha anunciado, desde la noche anterior, la cancelación de clases en colegios y universidades. Una nueva variedad del virus de influenza se está transmitiendo de humano a humano y dicen que ya ha cobrado la muerte de al menos 20 personas.
No parece una noticia sino el argumento de una de esas películas en las que el futuro de la humanidad está en vilo. Por un instante uno piensa: la próxima gripa podría matarme. Se siente un escalofrío.
En las farmacias pronto escasean los tapabocas. Es raro asomarse por la ventana y ver pasar gente con la boca cubierta. La Organización Mundial de la Salud anuncia reuniones de emergencia y declara el nivel de alerta 3 (de seis) de una posible pandemia, luego el 4, luego el 5.
En Japón los turistas que regresan de México son monitoreados con escáneres de temperatura para detectar fiebre, las acciones de la Bolsa Mexicana comienzan a caer y los partidos Pumas-Chivas y América-Tecos se juegan sin público en las graderías. Se cancelan decenas de vuelos de y hacia México. Es una reacción en cadena.
En tan sólo ocho días el virus se ha propagado por 13 países. Las cifras oficiales reportaban, hasta el cierre de esta edición, 365 casos de infectados en el mundo. Pero todos saben que la cifra real es mucho más alta porque no a todos los pacientes se les pueden tomar pruebas y además tardan entre tres y cuatro días en arrojar el resultado. Sólo en México, el secretario de salud calculó entre 300 y 350 el promedio de infectados por día. Los muertos superan los 150.
¿De dónde salió?
La pregunta que todos se hacen es dónde y cuándo apareció este nuevo virus porcino. Expertos de todo el mundo ya han salido a cazar respuestas. “Los ensayos iniciales nos indican que este virus, AH1N1, es altamente trasmisible pero de una virulencia moderada”, explica el infectólogo Alfredo Ponce de León, investigador del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán, quien ha tenido que atender más de 60 casos en la Ciudad de México.
Ponce de León sabe, como el resto de sus colegas, que es un enemigo impredecible y al que deben monitorear de cerca porque tiene una alta capacidad de mutar. Ahora que han comenzado a aparecer casos en Asia podría recombinarse con otras cepas que circulan en ese continente y convertirse en un virus aún más letal. También, con suerte, extinguirse o hacerse inofensivo.
Todos temen que se repita una epidemia como la de 1918, que cobró la vida de 50 millones de personas. Se cree que fue ese incidente, y no el poder de los Aliados, lo que impidió que los alemanes conquistaran París. Por lo pronto los tranquiliza saber que medicamentos como tamiflu y relenza frenan la enfermedad.
Por su parte, el virólogo Ruben Donis, jefe de la división de virología molecular y vacunas del U.S. Centers for Disease Control and Prevention, y quien examinó algunas de las muestras enviadas por el gobierno mexicano hace un par de semanas, cree que las respuestas se esconden en los ocho genes que conforman el material genético del pequeño virus. En entrevista a la revista Science explicó que el virus es una sorpresiva combinación de cepas del virus aviar, porcino y humano.
Donis no cree, como se ha señalado en los últimos días, que México sea el origen de la epidemia. Aquí tan sólo explotó después de pasar inadvertido por varias semanas y tal vez meses. Sin explicarse aún cómo, cree que el AH1N1 sería el resultado de una combinación de cepas del virus que ya existen en Norteamérica con otras de Europa y Asia. Un virus que pasó primero de cerdos infectados a humanos para luego comenzar a expandirse por el mundo.
Mientras algunos virólogos siguen escudriñando los genes del virus para contar la verdadera historia, otros colegas ya comienzan a trabajar en la fabricación de una vacuna que traería la tranquilidad que todos esperan. Se cree que en un par de semanas, las compañías productoras interesadas en producirla —tan sólo nueve en el mundo poseen la capacidad técnica— recibirían una “cepa de referencia del virus” sobre la cual podrían empezar a trabajar. Pero es una tarea que tomará entre cuatro y seis meses.
El dilema que enfrentan las autoridades de salud es que al destinar esfuerzos a la fabricación de la nueva vacuna perderían capacidad para producir las 500 millones de dosis de la actual vacuna contra la gripe y que cada año salva la vida de otro tanto de personas.
Mientras la ciencia sigue buscando afanosamente las respuestas para controlar la pandemia que tiene en vilo a todo el mundo, los mexicanos siguen tratando de sortear la difícil situación que ha dejado millonarias pérdidas económicas con algo de humor. Ya tienen un nuevo refrán: “Cría puercos y te sacarán los mocos”.