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Ocho meses en la cárcel por unos cigarrillos que no robó

El Tribunal Administrativo de Cundinamarca condenó a la Fiscalía y a la Rama Judicial por haber privado de su libertad a una persona inocente

Apolinar León Munevar
Apolinar León Munevar

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Apolinar León Munevar se mira la yemas de los dedos y luego agita sus palmas para enfatizar lo que está por decir: “¡nunca me tomaron las huellas dactilares, nunca!”. Hace una pausa y explica que ese pequeño detalle fue el que lo tuvo preso injustamente en la cárcel La Picota de Bogotá durante ocho meses y tres días porque “ahí se hubieran dado cuenta que yo no era el ladrón que buscaban y que estaba condenado, que yo no me he robado un centavo porque las huellas no mienten, yo sólo sé hacer zapatos”.

Apolinar está evocando el trágico capítulo que le partió la vida en dos el 13 de marzo de 2009, cuando la Policía interrumpió el juego de tejo que compartía con sus amigos –a una cuadra de su casa en el barrio Bosa Los Naranjos– y le informó que quedaba detenido por estar sentenciado a seis años de prisión. Ni su llanto incontrolable ni las explicaciones de su familia y vecinos convencieron a las autoridades que tenían al Apolinar equivocado. El nombre y el número de cédula coincidían: eso era suficiente para capturarlo. La revelación de que había sido suplantado por otra persona tardaría varios meses en llegar.

En un reciente fallo conocido por El Espectador, el Tribunal de Cundinamarca condenó a la Fiscalía y a la Rama Judicial a pagar $183 millones por privar injustamente de su libertad a este humilde zapatero, a quien le corresponden $43 millones. Su madre deberá recibir la misma suma, mientras que su hija Mónica Andrea León Bobadilla –quien para la época en que su padre fue capturado tenía 16 años– y cuatro de sus tíos serán indemnizados con $21 millones. Ahora la decisión está en el Consejo de Estado para su revisión final.

Para el Tribunal de Cundinamarca, “es claro que tanto la Fiscalía como los jueces Penales de la República cometieron un error al no identificar e individualizar plenamente al señor que dijo llamarse Apolinar León pues tanto el fiscal como el juez estaban en el deber de identificar correctamente a la persona sometida al proceso penal, pues de no ser así cualquier persona se haría pasar por otra y quien fue suplantado, resultaría privado de la libertad como consecuencia de una sentencia condenatoria, como ocurrió en este caso”.

Precisamente, con las 245 noches que pasó en La Picota, Apolinar León, el zapatero que aprendió el oficio de su mamá, supo que esa cédula extraviada hace tanto tiempo había sido utilizada por otro hombre el 22 de noviembre de 2002, cuando las autoridades lo detuvieron por intentar robarse varias pacas de cigarrillos de la empresa Protabaco, avaluadas en $130 millones. El falso Apolinar había irrumpido en la bodega de la compañía junto con otras dos personas para cometer el hurto, pero justo en el momento en que realizaban la acción, la Policía llegó al lugar después de que se disparara la alarma de seguridad.

En su intento por escapar el hombre que suplantó la identidad de Apolinar saltó de un cuarto piso y terminó, además de capturado, lesionado por la caída. De hecho, esta herida y la posterior cirugía que se le practicó al delincuente en el Hospital de Kenneddy son las pruebas que lograron demostrar la inocencia de Apolinar León, pues él no tiene ninguna cicatriz ni un tornillo de 20 centímetros en su pierna izquierda, unas características presentes en el delincuente atrapado en flagrancia.

Se comprueba que Apolinar fue suplantado por la intervención quirúrgica y por la férula de metal que le ponen a quien estaba tratando de robar. Luego logramos que Medicina Legal cotejara sus huellas dactilares y el resultado es el que esperábamos: que eran dos personas diferentes, pero una utilizaba el documento de identidad de la otra”, explicó el abogado Francisco León del Proyecto Inocencia de la Universidad Manuela Beltrán, organización que trabajó el caso de Apolinar.

“¿Por qué lo cogen a uno y no le toman las huellas?”, se preguntó Apolinar. Y añadió: “No entiendo. Uno no puede ser culpable sólo por el nombre y el número de cédula. No entiendo por qué no hacen como eso que uno mira la televisión que investiga bien y ahí sí se lo llevan. No, eso porque uno apareció con el número de cédula y el nombre ya para adentro. No soy solo yo, eso es cantidad de gente”. Estas reflexiones lo han acompañado desde que dejó La Picota el 16 de noviembre de 2009, junto con el miedo que le tiene a las patrullas de Policía: “Uno queda nervioso cuando lo para la Policía. Cuando me paran me da miedo. Pero ya no me dicen nada”, confesó.

Y, como si le fuera imposible detener su relato, explicó que cuando lo trasladaron a la estación de Kennedy “esa vaina que toma las huellas estaba dañada. ¿Entonces qué hicieron? Cambiaron de turno los policías y esa anoche estuve en la estación de Kennedy. Eso fue un jueves, estuve ahí hasta el lunes siguiente cuando me sacaron para La Picota, y ahí sí: aliste colchoneta y rece para que me pusieran en un buen patio”. Una situación que, adviertió el Tribunal de Cundinamarca, Apolinar nunca debió vivir, pues “la sala infiere que el señor Apolinar era ajeno a las conductas punibles que contra él se habían dictado, por lo tanto, su nombre y número de cédula de ciudadanía, fueron usados ilegalmente por otra persona; y los fiscales y los juzgados que tenían el deber de identificar e individualizar a la persona previo a su condena no lo hicieron”.

Lejos de las consideraciones judiciales a Apolinar aún le pesan los recuerdos de esos días de encierro como el dolor de su mamá y el lupus que luego de su captura se ensañó con la vida de la que entonces era su esposa y terminó por segar su existencia unos meses después de que quedara libre. Hoy le preocupa seguir trabajando, mantener a su madre en condiciones dignas y sostener la casa de “7 de frente por 20 de ancho” que ella misma labró haciendo zapatos, como él lo hace ahora. Por eso, quiere “con la platica que me den voy a comprar dos máquinas mías propias, porque estas son de la empresa para la que trabajo, y abro un almacencito pequeñito y sigo trabajando. A mí me gusta trabajar”.

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