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Un optimismo que no era de menospreciar, pues tenía una incidencia clara en la participación ciudadana y en la satisfacción personal de los bogotanos. Decisiones radicales y continuidad en las políticas y criterios de las administraciones de Mockus, Peñalosa y Garzón, convirtieron a la capital en ejemplo a citar en las clases de urbanismo de todas las universidades del mundo.
El tema de combinar medidas estudiadas y argumentadas para favorecer la movilidad, con la promoción de actitudes cívicas, generó comportamientos objetivos que generaron esta percepción de orden y bienestar que aparece ratificada en encuestas de calidad como las hechas por Bogotá Cómo Vamos o por el DANE en la última década. Sin embargo, esa percepción es cada vez más frágil. La gente siente que la ciudad va para atrás y tiene razones para hacerlo.
Los estímulos para la construcción de parqueaderos durante las administraciones Mockus y Peñalosa se convirtieron, por ejemplo, en uno de los elementos definitivos en la construcción de ese orden urbano. Los bogotanos pasamos de parquear en los andenes y las bahías, a hacerlo en lugares apropiados para la prestación de este servicio. Sin embargo, medidas recientes, respaldadas por el alcalde Samuel Moreno, como la de permitir el parqueo en bahías y la de cobrar el servicio de parqueo por minutos, terminarán afectando a este sector y a quienes deciden dejar su carro o su moto en lugares que ofrecen seguridad.
Así, a finales de año y justo cuando pocos podían criticar la medida, el Alcalde sancionó el proyecto que permite el cobro por minutos, profundizando aún más los desastrosos efectos que tuvo el cobro por cuarto de hora o fracción del uso de parqueaderos. Frente a tal iniciativa, que surgió del Concejo de Bogotá, hay que advertir varias cosas. Primero, que terminará siendo más costosa para los usuarios porque, para contrarrestar el impacto negativo de esta medida sobre su bolsillo, los empresarios y propietarios de parqueaderos podrían terminar cerrando puntos de servicio o buscando formas de cobro que les permitan mantener las ganancias que les da su actividad.
Segundo, es probable que aumenten los trancones: Cuando el cobro era por horas, la gente hacía caminando las diligencias que podía hacer en un área cercana durante una hora. Al ser por minutos, se propicia que las personas hagan cualquier vuelta de poca duración sacando el carro del parqueadero para desplazarse una o dos cuadras y estacionarlo en otro lugar, donde también le cobrarán por minutos. Tercero, el eventual aumento de precios supondrá que la gente prefiera parquear en bahías o en la calle en desmedro de la movilidad.
Vale la pena advertir, además, que la fórmula de cobro por minutos establece las tarifas tope según una fórmula improvisada y supone que el Distrito viola el principio constitucional de Libre Empresa. Lo contrario había hecho con éxito Mockus cuando firmó el decreto 423 de 2005 y con él apoyó el régimen de libertad vigilada para que el sector privado, prestador del servicio de parqueo, ofreciera mediante un ejercicio de autorregulación toda clase de alternativas al ciudadano para estacionar su vehículo fuera de vía.
En vez de estar cambiando las reglas de juego cada tres años y adecuarlas a motivaciones de carácter electoral o complacientes con las iniciativas de ciertos concejales, la administración debería concentrarse en tomar medidas fundamentadas en estudios serios y argumentos técnicos. No resulta consecuente, ante los ojos de cualquier cristiano, que el mismo gobierno “desestimule” el uso del carro con medidas como el pico y placa diario, pero lo estimule con otras como la aprobación del parqueo en bahías. Contradicciones como estas son las que hacen que los bogotanos no sintamos, como hace un tiempo, que la ciudad va mejorando.