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Amenazó de muerte a sus jugadores. Se desdijo luego. Redactó una carta en la que ofrecía excusas. Se negó a hacer comentarios sobre las reacciones que produjo su “salida de tono”. Justificó su “Central va a salir adelante o voy a matar a todos estos hijos de mil p…, jugadores, técnicos y lo que m… sea” con un escueto y absurdo “Lo dije en un boliche, en privado”.
Entonces explotó la polémica, que se había iniciado 10 días antes, cuando Pablo Sánchez citó a una rueda de prensa luego de que su equipo igualara ante San Martín de Tucumán, para explicar las razones de la derrota, pero sobre todo, para informarles a los hinchas de Rosario Central que su casa estaba ubicada en la calle de Fernández con 47, que allí los esperaba, a solas. Veinticuatro horas más tarde, Sánchez renunció a su cargo como técnico del equipo. Los medios informaron sobre sus posibles sucesores. Que Edgardo Bauza, que Gustavo Alfaro, que sí, que no.
En medio de las versiones, Horacio Usandizaga soltó su amenaza. Julio Grondona, presidente de la AFA (Asociación del Fútbol Argentino), intentó matizarla con un diplomático “Usandizaga ha sido siempre un señor; a veces uno comete un error. En la vida a veces matás a tu señora y no te das cuenta”.
Sus palabras fueron otro incendio. Cristian González, capitán, ídolo y referente del club, comentó que cada quien debería dedicarse a lo que mejor sabe. El futbolista a jugar, el directivo, a dirigir. “Y cada uno a lo que hay que hacer”, como le cantaba Serrat a su hijo. Luego habló de las viejas leyendas, de la historia. Recordó que Rosario Central fue fundado el 24 de diciembre de 1889 por un grupo de obreros del Ferrocarril Central Argentino, que solía reunirse en los terrenos baldíos de Villa Sanguinetti, en el nacimiento casi de la Avenida Alberdi. Jugaban sin reglas y se rompían a patadas hasta que no veían nada.
A veces se mezclaban con los directivos del ferrocarril, que comenzaron a hablar de un club exclusivo de “foot-ball”. Poco antes de la Navidad del 89 se reunieron todos en un desaparecido café del centro, y un inglés, míster T. Mutton, propuso la creación del club, con el nombre de “Central Argentine Railway Club”.
Los primeros colores del equipo fueron blanco y rojo. Pronto cambiaron por blanco y azul, y años más tarde, en 1904, por el azul y amarillo histórico. En la radio local, un viejo hincha que vio los triunfos más recordados del club, evocó entonces una de sus historias más apasionadas, la del viejo Casale en 1971, porque no hubo jamás un fanático tan fiel como aquel Casale que Roberto Fontanarrosa inmortalizó en uno de sus textos.
Él sabía que cualquier emoción, por mínima que fuera, le podría partir el corazón en dos, por eso se alejó del equipo de sus amores, Rosario Central. Por eso les respondió que no, mil veces no, a aquellos muchachos que fueron a buscarlo porque con él en las tribunas, Rosario nunca había perdido.
No obstante, aquel domingo de sol, cuando supo que lo habían secuestrado para ir a la tribuna, sonrió por dentro. Había sido un secuestro, no una elección, pensó. Esa última tarde de su vida, el viejo Casale volvió a ver ganar a su equipo. Y murió en su ley, en pleno estadio, en plena celebración, dijeron después sus captores, en parte porque era así, en parte para sacarse de encima la culpa.
De alguna forma, tal vez muy trágica, Casale resumió aquel domingo lo que siempre sintió el hincha. Había sabido por rumores de rumores que Rosario jugaría la final del campeonato argentino ante el eterno rival de todos los odios, Newell’s Old Boys. Su familia le había ocultado la noticia. Sin embargo, a pocas cuadras de su refugio, cinco locos ‘canallas’ conspiraban y hacían planes para llevárselo, fuera como fuera, de su casa al estadio. La idea surgió después de haber repasado con absoluta minuciosidad las supersticiones que debían repetir la tarde de la final. Camisetas, lugares, recorridos, palabras. Luego recordaron, a manera de cábala también, que el remoquete de ‘canallas’ había nacido una tarde de la década del 30, cuando Central se negó a jugar un amistoso a beneficio de los leprosos de la ciudad.
Por fin, el más callado del grupo dijo como que él sabía que el tío de un amigo jamás había visto perder a Rosario. Luego añadió que el problema era que hacía unos años había decidido no volver a la cancha. “Sufrió un ataque cardíaco”. Hubo silencio. Todos se miraron, todos pensaban algo similar, pero ninguno se atrevía a hablar. La idea rondaba, volaba, hasta que por fin el líder dijo: “¿Y si lo secuestramos?”.
La impostada indignación inicial se transformó en aprobación. A Casale, según Fontanarrosa, lo secuestraron en un bus disfrazado de oficial, repleto de hinchas con banderas y camisas amarillas y azules que sólo se mostraron así, pocas cuadras antes de que llegaran al estadio de River. Lo llevaron a la popular y le colgaron una bandera azul y amarilla al cuello. Murió en el minuto 89, feliz por el gol de Aldo Pedro Poy y el triunfo inmortal de su Central.
Hinchas, revolucionarios y leyendas
El recorrido por los nombres de los hinchas más conocidos de Rosario Central comienza con el de Ernesto Guevara, quien en más de una oportunidad se declaró “fana” del club ‘canalla’. Dicen que el Che se enteraba de todos los resultados de su equipo, estuviera donde estuviera. Otra leyenda seguidora del club rosarino fue la actriz Libertad Lamarque, reemplazada en el afecto de la tribuna con el pasar de los años por el escritor Roberto Fontanarrosa y el rockero Fito Páez, los dos, símbolos históricos del equipo, hasta el punto de que sus imágenes adornan diversas banderas de las barras más importantes. A nivel internacional, los hinchas más famosos de Central son los cantautores españoles Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina.