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El cine de las estrellas

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Entonces había teatros sin techo, como el Rialto o el España, y cines sobre la arena por la que pasaban o pasarían los toros y los toreros, como el de La Serrezuela del barrio Santo Domingo.

Las filas para ingresar eran interminables, pero eso a pocos les importaba, pues a fin de cuentas las filas eran una oportunidad para saber más sobre Jorge Negrete, Pedro Infante, Sara García o Charles Chaplin, los mitos-ídolos-inmortales de aquellos años, a quienes todos en Cartagena querían imitar.

Las butacas eran butacas. Madera, crujir, rayones, marcas de cigarrillo y mensajes de amor. Incluso, a veces el público llevaba sus propios asientos, porque con una boleta solían colarse tres más. Los porteros decidían quiénes podían ingresar y quiénes no, porque sí y sin mayores razones, y las señoras del aseo se sentaban en los pasillos a ver la misma película una y otra y otra vez, sobre todo los domingos, fumando con la “candela hacia adentro”, como les habían enseñado los abuelos esclavos para no delatarse ante los blancos. Soñaban con ser la amada de Infante durante dos horas, antes de volver a sus vidas de servidumbre y uniforme blanco de lunes a sábado.

Por aquellos años, 1947, don Víctor Nieto Núñez fundó el Miramar en el Pie de la Popa, y comenzó a trabajar en su gran proyecto, el Festival de Cine de Cartagena, que inauguró un par de años más tarde. El edificio lo llamó Radio Centro Miramar, y tenía emisora de radio, sala de cine, heladería, droguería, grill y algunos apartamentos. En el teatro había 600 butacas, y en la emisora se hicieron por primera vez radionovelas humorísticas y radioteatros. Los vecinos del barrio y los cinéfilos que se iban desde el centro, Manga y Getsemaní, salían a las 10:00 de la noche imbuidos de revólveres, rancheras, amores fugaces y machismo. Tenían tiempo para ser personajes. Muchas cuadras para caminar. Si se topaban con un viejo rival de colegio o de cuadra, el “chacho” que los había poseído salía, emergía, golpeaba y masacraba, todo a cuenta de las películas. Si no, se inventaban fantasmas o acudían adonde los locos de la calle. Ellos siempre resultaban buenos antagonistas.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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