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Levantando el techo

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Estamos amarrados de pies y manos a los deseos, a las ilusiones, a las deudas y a las ideas.

Caminamos llenos de grilletes cuando salimos con afanes sin saludar a los cercanos o deambulamos presos por el mundo cuando nos olvidamos de la liviandad y la equidad. Pobrezas o riquezas, modas o tradiciones, arriba o abajo, exclusiones o pertenencias, de un lado o del otro, seguimos esclavos de los prejuicios, las críticas y los inventos. Como pequeñas cadenas cotidianas diseñadas por otros, compramos a diario los argumentos y las actitudes que nos definen. Diferidas a doce meses, las ataduras se suceden con el sólo acto de abrir los ojos.

La libertad no puede ser la fuga al mundo que vemos, como tampoco su adhesión incondicional. Demasiado única para ser cierta, la libertad de conocerse pasa por caminar hacia adentro enfrentando lo tenebroso y deshaciendo una a una las mentiras recibidas desde el primer respiro. Es un tejido exótico y arduo que abre las puertas a una libertad que tiene que decir no, como también es un andamio que ni construye ni ata las ficciones. Es la libertad de una emancipación desconocida y posible a la vez porque rompe el techo y explota en la dicha de ser. Creativa e insondable se precisa irreverente ante dogmas y prejuicios.

Cada quien con su cuerpo a cuestas hace de su respiro diario el locus donde sucede lo que imagina. Como un puente hacia un lugar desconocido, la cima de la cabeza es una rendija por la que toda inhalación adquiere sentido. Para el yoga, la coronilla conecta con el cielo a la vez que los pies anclan la fuerza de la tierra. Como si fuera un dragón, la corriente energética del cuerpo recorre el hilo invisible de una postura digna y abierta a una eternidad presente.

Por eso, poner atención a la cima de la cabeza es como amplificar el tejado de la casa propia, es abrirse a la experiencia creativa y concreta conectada con la certeza de que habitamos este infinito. Y es fácil porque la cima de la cabeza, o la Fortuna del Cielo como la nombran los tibetanos, es la pequeña abertura que, sin existir, es a la vez toda la existencia. En la coronilla mueren los desprecios, los dolores y las cadenas y queda muy atrás aquella soledad que nos acecha para darle el paso a un amor de colores y sonrojos. Es un loto con miles de pétalos y la fragancia de la gratitud.

Diana Castro Benetti.

otro.itinerario@gmail.com

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