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“Argentina, un misterio por develar”

Ser propietario de una bodega de vinos es la ilusión de muchos hombres. Hoy en día, cientos de hectáreas en España, California, Australia, Chile o Argentina están surcadas por coleccionistas de arte, luminarias del cine, ex presidentes de multinacionales, monarcas de la moda o simples soñadores, que esperan ver sus nombres o los de sus marcas en una atractiva y valorizada etiqueta (claro está, después de muchos golpes de suerte y tras varios millones de dólares de inversión).

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Alberto Arizu Matheu no ha tenido que figurarse esa utopía. La ha vivido desde antes de nacer. Quien enredó su destino en los tentadores racimos de la vid fue su bisabuelo, Leoncio Arizu, un español nacido en Navarra, en 1883. En cierto sentido, era una premonición, pues, en euskera, dicho apellido significa robledal, o sea, bosque de robles, cuya delicada madera, desde la antigüedad, ha obrado como amiga fiel de los viñateros para dar complejidad y elegancia a los vinos.

A los siete años, Leoncio viajó a Argentina para vivir con su tío, Balbino, quien manejaba un negocio de vinos comunes en Mendoza. Con el tiempo, sin embargo, Leoncio impulsó su propia bodega, orientada a un segmento de vinos exquisitamente elaborados. Por eso, para diferenciarse del negocio familiar fundado por Balbino, Leoncio utilizó el nombre de otro antepasado suyo, proveniente de la región italiana del Piamonte. Y así nació Luigi Bosca.

Tras cuatro generaciones al frente del negocio ancestral, los Arizu han vivido los rigores de una realidad que para otros es fantasía.

¿Cómo se sobrevive, entonces, en un negocio de gran vistosidad y reconocimiento, pero sometido también a los rigores de la competencia y la economía? Esta pregunta fue el eje de la conversación con Arizu Matheu en el restaurante La Brasserie, en el norte de Bogotá, frente a un contundente plato de rabo de toro y un selecto vino de la cava.

Arizu es un hombre alto y reflexivo, moldeado por el deporte de competencia, especialmente el rugby y el tenis. La agudeza de sus conceptos lo ha convertido, además, en una de las principales voces gremiales del sector.

Hasta la década del 90, al igual que el resto de la industria local, Luigi Bosca construyó su fortaleza en el mercado interno, por la sencilla razón de que la mayoría de las corrientes migratorias hacia Argentina provenían de países productores y consumidores de vino, y la sed por el elíxir no parecía aplacarse con nada. Y, claro, se imponía la cantidad sobre la calidad. “Los que elaborábamos vinos finos tampoco teníamos muchos excedentes para vender afuera”, dice. Arizu. “Muchas bodegas practicábamos una especie de ‘exportación pasiva’, o sea, nos venían a buscar”.

Pero a finales de los años 80, el Estado brindó facilidades para reconvertir el sector agrícola argentino, y el rubro vitivinícola aprovechó las facilidades para importar maquinaria e insumos, logrando así inducir un cambio radical y crear una plataforma mejor dotada para competir mundialmente. “Lo triste es que nadie nos conocía ni sabía que estábamos haciendo vinos desde el siglo XVI. De esto hace menos de 15 años”.

En sólo tres lustros, sin embargo, Argentina ha dado un salto cuántico para posicionarse como uno de los países líderes del Nuevo Mundo, junto con Chile y Australia. La estrategia de darse a conocer ha sido financiada por los mismos empresarios privados, quienes se convencieron de que, para poder tener éxito en su misión, debían vender, primero, un concepto de imagen-país y luego sí, sus propias marcas. “Hoy puedo decir que no hay restaurante, hotel, aerolínea, club o bar que no ofrezca un vino argentino. Sin embargo, reconozco que todavía hay mucho por hacer”. En términos de exportaciones, Argentina apenas representa el 3% de la cifra global, frente a un 6% de Chile. Pero crece a tasas de alrededor del 30% anual.

Todavía Chile supera a Argentina en la mayoría de los mercados internacionales, en gran parte porque sus productores empezaron a exportar 30 años antes. Esta circunstancia los obligó, desde muy temprano, a homogeneizar la calidad de sus vinos. Pero Argentina ha abierto camino de manera rápida y sostenida, con una estrategia de mayor percepción de valor y de un enigma por develar. “Es cierto: vendemos un misterio, un universo nuevo por descubrir, y esto nos ha transformado en un producto deseado. Y aunque no quiero pecar diciendo que somos una estrella, sí somos una opción atractiva”. De US$140

millones exportados por Argentina en 1998, los productores de vino pasaron a US$480 millones, en 2007. Y en 2008 se proyecta superar la barrera de los US$600 millones. Es un salto importante, aunque la cifra todavía se sitúa muy por debajo de las ventas internas, del orden de los US$1.500 millones anuales.

La apuesta de Luigi Bosca y de la industria vitivinícola ha exigido cuantiosas inversiones y una lucha permanente para hacer frente a los gravámenes a la exportación impuestos por el Gobierno. “Pero estos obstáculos nunca nos han amedrentado. Nuestra tarea, como empresarios y como sector, requiere de decisión y carácter. Aquí, simplemente, no hay cabida para los timoratos”.

Quién es

Alberto Arizu Matheu estudió administración de negocios en Mendoza y realizó estudios de mercadeo estratégico en Estados Unidos. Ha sido el responsable de potenciar los volúmenes de exportación de Luigi Bosca, que pasaron de ser marginales a representar el 50% de los ingresos de la compañía en 2007.

El menú

Entrada: Tartar de atún; plato fuerte: rabo de toro como plato fuerte; vino elegido: Gala II, de Luigi Bosca.

Muy personal

Le obsesionan los deportes competitivos. Aunque es tenista aficionado, juega como cualquier profesional, manteniendo estrictas dietas y programas de entrenamiento.

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Su última creación

Arizu visitó Colombia para lanzar Icono, el vino de mayor prestigio de la bodega. De 4.000 botellas producidas, sólo ha podido asignar 60 a Colombia. “Icono es un reflejo de nuestra búsqueda para producir el vino soñado. Pero, claro, sabemos que esa búsqueda no termina”.

Libro de cabecera

La guerra del vino, de Donald Kladstrup y Petie Kladstrup. “Es extraordinario. Cuenta la historia de lo que pasó con la ocupación nazi en Francia y de cómo se ocultaron cosechas históricas que el Tercer Reich buscaba afanosamente”.

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