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La estrella bizarra del rock

David Robert Jones, Ziggy Stardust, The Halloween Jack o Aladdin Sane fueron nombres que el recientemente desaparecido Camaleón asumió para hacer más interesante su propuesta sonora en cinco décadas de trayectoria artística.

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David Bowie se tomó a pecho el consejo “confunde y reinarás”. El mundo ya estaba suficientemente polarizado cuando él aterrizó en su geografía, así que le tocó ir un poco más allá. Muchos personajes habían aplicado el famoso “divide y vencerás” y su labor, como en casi todos los escenarios que pisó, fue superar, transgredir. Lo hizo con conocimiento de causa y con el único ánimo de autocomplacerse, como cuando recibió su primer saxofón alto de plástico y se propuso imitar las habilidades de improvisación de John Coltrane y parecerse a Charles Mingus en sus posturas sobre la tarima.

Por las manos de David Robert Jones, nombre de pila de Bowie, habían desfilado instrumentos como las flautas, los ukeleles, las guitarras y cientos de vinilos (acetatos o elepés) que influenciaron su cabeza hasta alejarla del sendero del jazz contemporáneo y comprometerla con el rock y el pop. En lo popular, en ese arte pop del que tanto habló y al que realizó aportes tan incontables como el número de premios recibidos o de discos vendidos en físico o digital, estuvo centrado su potencial desde que fundó sus primeros colectivos Kon-rads y King Bees.

Las metas en ese entonces, finales de la década de 1960, con los Beatles y los Rolling Stones comandando la legión anglo, no estaban establecidas todavía. Lo importante para esta estrella naciente de figura esquelética, voz de barítono y algo de glamour en sus indumentarias era crear confusión, sacudir el panorama, y que la gente se detuviera ojalá por unos minutos para identificar de dónde venía ese sonido y quién (o quiénes) podían inscribirse en el bando de culpables. No tuvo fortuna haciendo parte de estos colectivos y la vida siguió sin sonreírle en los momentos en los que David Bowie se matriculó en las nóminas de iniciativas blueseras como The Manish Boys, Lower Third y The Buzz.

Aprovechó que la responsabilidad en una banda se comparte así como las ganancias, y le sacó tiempo para cultivar algo innato, un don hasta ese instante inexplorado. Tomó clases de mímica y actuación para conectarse de manera más fluida con el público y adelantándose a su rol como solista comenzó a vincular el sonido con un desarrollo visual. Otra vez confundió y se mimetizó. El reconocimiento local que había logrado con sus bandas quedó en la página de atrás y escribió una nueva historia a partir de 1967 como David Bowie, la emergente estrella bizarra de la música moderna y el “Camaleón del Rock”.

La atmósfera tenía un par de líderes en la psicodelia, otros se destacaban por sonidos progresivos, mientras que algunos rebeldes se inclinaban por el heavy. Sin embargo, todavía faltaba quien arropara en su propuesta algo más ligero, un aventurero que se apropiara de lo colorido, del espíritu andrógino, y se sintiera cómodo al conjugar una expresión que se define por sus propios intérpretes. De esta manera, un tanto gratuita, Bowie se plantó sobre el glam, lo regó y lo estimuló hasta el punto de convertirlo en una oferta dispuesta a la mezcla y en una posibilidad de sonido que se nutre por igual de la irreverencia del rock y de la facilidad comunicativa del pop.

En esta frontera ficticia creó múltiples identidades. Fue David Robert Jones, Ziggy Stardust, The Halloween Jack y Aladdin Sane, aunque su propósito siempre fue el mismo: confundir. En sus trabajos discográficos propios y en colaboraciones, lo mejor que tuvo David Bowie fue que se sintonizó con los deseos. Le compuso a la sensibilidad, tocó sin tabúes y se arriesgó en un escenario caracterizado por propuestas que se repiten.

Desde los álbumes David Bowie y Space Oddity, pasando por los registros Low, Heroes y Black Tie, White Noise hasta llegar a materiales discográficos como Reality, The Next Day y Blackstar, este último estrenado poco días antes de su muerte, el músico inglés motivó el caos ajeno, pero siempre se cercioró de ser un poco más él mismo. Esa fue su enseñanza.

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