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El jueves 10 de diciembre celebramos la edición número 55 —bodas de esmeralda, ni más ni menos— del “Deportista del año”, ceremonia en la que El Espectador, con apoyo de Movistar, entrega reconocimientos a los atletas más destacados en el país. Caterine Ibargüen se llevó el premio mayor —merecidísimo—, pero todos los premiados son exponentes de las mejores características de nuestro país y el mundo, y en particular este año tuvieron una temporada de grandes triunfos.
Es una bonita manera de terminar el año poder reconocer todo ese esfuerzo y sacrificio que los deportistas han debido hacer durante todo el año y que, por lo general, se queda oculto detrás de los resultados. O del negocio. De eso queremos hablar.
Este año en particular hemos sido testigos de revelaciones alucinantes sobre cómo el dinero que se mueve alrededor de esa relación tan pura entre los deportistas y los aficionados ha servido para que unos cuantos bandidos se aprovechen de ella, nos engañen a todos y se enriquezcan a costa del trabajo y el sacrificio de los atletas. Inaceptable y mezquino.
Nada de malo tiene que el deporte sea un negocio y que los deportistas puedan recibir lo que se merecen y que las diferentes disciplinas puedan crecer con el producido de ese negocio. Lo que es imperdonable es que esos dineros que provienen de ese esfuerzo y de la pasión de los fanáticos no terminen invertidos en los mismos atletas, o en quienes quieren emularlos y ser como ellos, sino en cuentas personales de personajillos de poca altura moral.
Sí, ahora sabemos que en el pasado hemos sido engañados y hemos resaltado en el Deportista del Año de El Espectador a quienes no lo merecían. Y nos duele.
En defensa de esa fiesta del deporte, empero, y también de esa relación limpia entre deportistas y aficionados, queremos reiterar lo que dijimos al abrir el evento este año: los valores que exaltamos en ellos, los que ahora conocemos como deshonestos, en su momento fueron los visibles y no los ocultos que se han ido conociendo luego. Y en ese sentido, en su momento, el reconocimiento cumplió con el propósito de resaltar los valores positivos que pueden y deben ser replicados para bien de nuestro deporte y de nuestra nación.
No nos cabe duda: los deportistas premiados en esta edición son el ejemplo de los valores que este país necesita; son los referentes que los niños y jóvenes colombianos deben tener. Y este hecho simple pero muy significativo de ser reconocidos por todo un país multiplica ese efecto ejemplarizante.
Uno de los ganadores del premio al Juego Limpio Guillermo Cano, el arquero uruguayo Alexis Viera, expresó con sus sentidas palabras algo de lo que motiva este evento anual: “No volví a la vida para estar en una silla de ruedas”, afirmó, demostrando esa incansable determinación de los buenos deportistas. Todos podemos aprender mucho de su actitud.
A todos los premiados, y a todas las personas que apuestan por la disciplina y el deporte, les damos las gracias. Nuestro país es mucho mejor gracias a ellos.
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