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Es emocionante, cuando menos, ver a documentalistas y cineastas reconocidos en los circuitos de festivales venir a nuestro país a mostrar sus creaciones y, más importante aún, conversar con nuestro público e intercambiar conocimientos con nuestros creadores.
Emociona más, sin embargo, ver que las salas se llenan y que las personas reaccionan positivamente a propuestas como Cine al Parque, un espacio distinto para ver películas al aire libre. La creatividad de proyectos como Indiebo es la clave para despertar el hambre de cine que parece ausente en la mayoría de los colombianos.
Por supuesto, ese festival no es más que otro eslabón en una elaborada cadena de apuestas por desarrollar el cine en nuestro país. Desde la creación del Ministerio de Cultura en 1997 y de Proimágenes en 1998, junto con la expedición de la Ley de Cine en 2003, hemos visto un paulatino aumento, no sólo en el número de producciones colombianas estrenadas por año —que, por cierto, en 2014 llegó al récord de 28—, sino en el número de personas que quieren utilizar el lenguaje cinematográfico para contar las historias que abundan en Colombia.
Dos ejemplos recientes demuestran cómo el apoyo estatal, unido a la esencial iniciativa de la empresa privada, pueden crear obras de arte dignas de orgullo. El abrazo de la serpiente, de Ciro Guerra, no sólo es un magistral retrato narrativo de una historia que sólo pudo nacer en nuestra Amazonia, sino que pone en evidencia el alto nivel técnico que han alcanzado nuestras producciones. Es impecable en todos los sentidos.
Por su parte, la Cámara de Oro recibida por César Acevedo en Cannes es el fruto de un proceso de incubación en el cual participaron cientos de personas comprometidas con contar buenas historias. Su triunfo se siente como una promesa y un reto: Colombia tiene cine para mostrar y debe seguir invirtiendo en sus creadores. Los resultados se seguirán dando.
Para eso no puede olvidarse la labor de los festivales de cine locales. El Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias marca la pauta, pero a lo largo de nuestro territorio hay iniciativas que merecen la atención del público. Los festivales de cortometrajes, en particular, son espacios donde el futuro y el presente de nuestro cine se reúne para probar ideas y crear historias breves inolvidables. En Popayán, Bucaramanga, Barranquilla, Medellín, Bogotá, Villa de Leyva y varias ciudades del país se celebran certámenes hechos a punta de pasión por el cine. Si es verdad que estamos entrando en una era dorada de la cinematografía nacional, en esos festivales se encontrará el oro.
Aplaudimos a todas las personas que en Colombia le han apostado a nuestro cine. Invitamos, también, a que los colombianos abandonen los viejos prejuicios que los alejaron de las salas de proyección. Es hora de volver. Hay mucho para ver.
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