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El resto de la tarea

Mucho es lo que se ha evolucionado en el último tiempo —no sin fuerte oposición— para encontrar maneras más efectivas y razonables de atacar el flagelo de las drogas ilícitas, que la represiva y militarista que por años se impuso bajo el lema de la “guerra internacional contra las drogas”.

22 de mayo de 2015 – 08:00 p. m.

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Mucha tinta ha corrido en el último mes, en efecto, por la valiente propuesta del ministro de Salud, Alejandro Gaviria, finalmente aprobada en el seno del Consejo Nacional de Estupefacientes, para que Colombia abandone la aspersión aérea con un producto que presumiblemente resulta nocivo para la salud humana, al punto de ser probablemente cancerígeno.

Algo similar ha pasado con la propuesta, no menos valiente, presentada por el ministro de Justicia, Yesid Reyes, ante la Comisión Interamericana para el Control del Abuso de Drogas de la OEA, para pasar de un enfoque en esencia carcelario frente a los pequeños comerciantes y los consumidores para dar paso a alternativas más enfocadas en la educación y la salud.

De manera más integral, vale recordar también el empeño que al comienzo de su primer período tuvo el presidente Santos para intentar llevar el debate de la legalización de las drogas a los escenarios políticos internacionales, retomando la batalla que ya varios expresidentes latinoamericanos han venido promoviendo desde hace años en esa línea, dado el creciente consenso sobre los pocos resultados —más bien fracasos— de la estrategia represiva, militarista y punitiva.

Ante estos pasos, existe sin embargo un temor natural: ¿qué tanto este cambio puede al final representar un retroceso en la batalla contra las drogas ilícitas y su daño a la sociedad? Y no, como aducen los contradictores, porque el camino represivo fuere efectivo. Es una tozudez negarse a aceptar que el consumo debe ser asumido como un problema de salud y que por lo tanto son la educación y la prevención los puntales de esa batalla. La cuestión es si se les está dando la misma importancia, el mismo empeño y los mismos recursos a ese tipo de programas que los que hasta ahora se han dado a las armas de represión.

Sería lamentable que el cambio de enfoque se quedara en el traslado de las responsabilidades nada más, y que a la vuelta de unos años nos encontráramos con que se desmanteló el aparato represivo pero no se sustituyó adecuadamente con una sólida estructura para atacar desde ese nuevo enfoque el problema. Tanto más si aceptamos, como debemos aceptar, que nuestro problema de drogas hace tiempo dejó de circunscribirse a la producción y el tráfico ilegal, sino que además tenemos un creciente consumo de drogas, legales e ilegales, especialmente entre los jóvenes.

El cambio de enfoque, pues, requiere una mirada más panorámica desde el Estado. Y en ese sentido, vale destacar un pequeño pero significativo paso: la nueva campaña de prevención del consumo de drogas que acaban de presentar el Gobierno y la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito. Significativa, decimos, porque después de años en los que el mensaje fue de mera prohibición, completamente alejado de la realidad y el contexto en que se da el consumo, este nuevo pone la decisión en las manos de los jóvenes. Antes que prohibir, pretende generar una reflexión para que esa sea una decisión informada. “Métele mente y decide”, dice el mensaje que se desarrolla en situaciones cotidianas donde se expresan los posibles efectos de ese consumo, o de su abuso más bien. De la droga como fatídico tabú a una opción riesgosa mediada por una decisión personal. Como es la vida.

¿Está en desacuerdo con este editorial? Envíe su antieditorial de 500 palabras a yosoyespectador@gmail.com.

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