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Aunque las circunstancias son confusas, todo parece indicar que Michael Brown, de 18 años, iba desarmado y quien le disparó fue un policía blanco, lo que generó graves disturbios en Ferguson por cerca de 10 días. El tema forzó al presidente Barack Obama a salir dos veces en televisión para pedir mesura y solicitar una investigación federal, tanto para aclarar el hecho en sí, como para precisar las acusaciones de racismo por parte de la policía.
El tema no es nuevo en el país del Norte, donde, a pesar de los avances en la lucha contra la discriminación racial y el desarrollo de leyes que protegen a las minorías, la realidad del día a día demuestra que subsisten prácticas que deberían haberse erradicado. Lo que hace más paradójica, y por lo mismo compleja, la situación vivida en estos días, es que la papa caliente terminó en manos del primer presidente negro en la historia del país. Con serios problemas en su popularidad, lo menos que podría esperar es que se pusiera sobre la mesa el espinoso asunto del racismo, que puede ser como echar sal en una herida que no termina de cicatrizar.
Obama decidió enviar de inmediato a un muy alto funcionario de su administración para tratar de calmar los ánimos y restablecer la confianza. Al llegar, Eric Holder dijo desde Saint Louis a la población negra de Ferguson, en claro mensaje a todo el país: “Entiendo esta desconfianza. Soy el fiscal general de Estados Unidos. Pero también soy un hombre negro”. Y no le falta razón pues sabe que a lo largo y ancho del territorio se presentan con demasiada frecuencia casos de exceso policial, casi siempre en contra de negros o latinos. El mismo Holder manifestó que a pesar de este tipo de situaciones las cosas pueden cambiar. Hizo referencia a una anécdota personal, muy diciente: “El mismo muchacho al que pararon en la autopista de Nueva Jersey ahora es fiscal general de Estados Unidos. (…) Pero el cambio no ocurre por sí solo. Así que empecemos. Pongámonos a trabajar”.
De momento el mensaje llegó y su visita ha logrado apaciguar los ánimos, que amenazaban con expandirse a otras ciudades, incluida Nueva York. De momento hay que esperar que el resultado de la investigación arroje luces sobre los pormenores de la muerte de Brown. Pero más allá del hecho coyuntural, lo cierto es que las condiciones de pobreza, segregación y racismo que vive la comunidad negra en ese país no han tenido solución y esta es una asignatura pendiente que ha debido asumir con mayor esfuerzo un presidente de dicha raza. Sin embargo, las luchas políticas internas con los republicanos no le han permitido avanzar lo suficiente en esa ni otras promesas de campaña, como la de regularizar la situación de los cerca de once millones de indocumentados latinos.
No está de más recordar que fue precisamente en el Sur donde en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado se dieron las mayores luchas en favor de las garantías civiles. El actual involucramiento del gobierno federal, y el envío de más de 40 investigadores del FBI a la zona, trajeron a la memoria de los estadounidenses las imágenes de Misisipi o Alabama, donde el residente Johnson se la jugó a fondo para hacer respetar la ley. Hoy en día, y a pesar del paso de los años, hay quienes no parecen haber superado el fin del esclavismo. Grupos supremacistas blancos y los recalcitrantes miembros del Tea Party creen enfrentar a un enemigo común: el avance “incontenible” de las minorías. Minorías, sobra decirlo, dentro de las cuales tiene un lugar preponderante la de los latinos inmigrantes, sean estos legales o ilegales, que es hoy en día mayor que la de los afros.
Manos a la obra pues, que se haga justicia en este y otros casos. Y, en especial, que se derrote para siempre el fantasma del racismo en un país que ha dado muestras de grandeza en defensa de las libertades individuales.