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La pasión con la que vive el fútbol está en su sangre. Desde niño se confesó hincha de Racing de Avellaneda, un equipo tan sufrido como Independiente Santa Fe. En el Cilindro de Avellaneda, el estadio en donde juega el cuadro albiceleste, a las afueras de la capital federal, Gustavo Costas se convirtió en la mascota del equipo. Esa experiencia le sirvió para que los gritos de la barra no lo aturdieran ni lo afectaran cuando años más adelante pisara ese terreno, aunque como jugador. El fútbol siempre ha sido su vida, lo que hace con mayor esmero y lo que más disfruta, por eso su peculiar manera de dirigir: gesticula, grita, exige, patea y celebra. “Lo que soy en la raya no tiene nada que ver con lo que soy como persona”, asegura el DT argentino de 51 años que sin miedo se arriesgó a decir que “lo único que quiero este semestre es la estrella; si no la logro sería un fracaso”.
Santa Fe tiene muchas similitudes con su amado Racing: son equipos que tardaron muchísimo en volver a ganar títulos, que cuentan con hinchadas exigentes y que incluso comparten el mismo nombre de la barra brava: la guardia. Todo eso hace más fácil la adaptación del argentino, que de nueve partidos dirigidos con el equipo cardenal no ha perdido ninguno. Sin embargo, considera que aún hay mucho por mejorar porque “no es posible que regalemos minutos en un partido”, refiriéndose específicamente al juego frente a Patriotas en el estadio La Independencia de Tunja. “Tardamos en acomodarnos, luego en el segundo tiempo manejamos, tuvimos muchas situaciones de gol, el penal, pero no pudimos concretar. Igual me voy conforme porque mostramos por momentos cosas interesantes. Vi el equipo que quiero”, destacó.
Con lo que más ha tenido que batallar Costas es el juego horizontal al que estaba acostumbrado Santa Fe. Su idea es lograr pasos rápidos de defensa a ataque y eso no lo puede conseguir cuando los jugadores tienen en su cabeza la idea de que es preferible tener la posesión del balón que atacar al rival. Se molesta cada vez que un jugador de su equipo toca para atrás o hacia un lugar sin sentido; siempre quiere que quien suelte la pelota pase la línea del balón, busque un espacio libre, reciba nuevamente y vaya armando una jugada que termine en peligro. Si un jugador pierde un balón es el primero al que le exige que intente recuperarlo rápidamente, y si es un lateral y está cerca le aplaude y le grita “dale, dale”. Cuando llegó a Santa Fe y el encargado de suministrarle la ropa deportiva le pregunto cuántas prendas necesitaba, pidió sólo pantalones pegados de sudadera y una chaqueta. Así ha dirigido siempre en la raya. Y ahora se entiende, porque quizás lo hace con la intención de estar cómodo allí, en esos 20 metros de zona técnica por donde corre como si fuera un jugador más.
El último refuerzo que le llegó a Santa Fe fue el argentino Franco Razzotti, que vino por pedido del propio Gustavo Costas. “Razzotti vino físicamente bien, porque hizo la pretemporada con Vélez. Vamos a ver si el miércoles puede jugar por lo menos un rato por Copa Postobón. Creo que para que juegue en el primer equipo se va a tardar más o menos 20 días. Hasta que esté 10 puntos no lo vamos a poner. Ahora está por ahí 6 o 7, pero cuando esté 10 va a tener la posibilidad de pelear un puesto con todos los que están hoy acá”.