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Hamás, la organización que Estados Unidos y la Unión Europea consideran terrorista, lanzó entonces misiles contra ciudades en Israel y el gobierno de dicho país respondió con bombardeos en la Franja de Gaza. Resultado parcial: cerca de 60 muertos y más de 300 heridos en Gaza. El conteo sigue mientras escribimos estas líneas.
Esta dolorosa historia parece obedecer a un ciclo de horror destinado a no acabarse. Por más diálogos, presión internacional, envío de emisarios y conversaciones al más alto nivel, la partida la van ganando los radicales de ambos bandos. Hamás se ha convertido en el interlocutor armado del pueblo palestino en la Franja de Gaza, donde malviven cerca de dos millones de personas. Del otro lado de la mesa, el gobierno de coalición israelí, encabezado por el derechista primer ministro Benjamín Netanyahu, recibe además la presión de la ultraderecha religiosa, fiel de la balanza en el equilibrio político.
El presidente palestino, Mahmud Abás, maniobra para alcanzar un acuerdo de paz que le dé un territorio a su pueblo, esperanza más que legítima y que cuenta con total apoyo internacional. Sin embargo, la excesiva dilación en los diálogos con Israel, así como la presión de Hamás por acciones más radicales en el campo militar, ha neutralizado su capacidad de acción. De ahí surge la actual crisis, aupada por Hamás, para poner al gobierno israelí bajo la lupa de la opinión pública mundial. Lo que no se puede pasar por alto es que dicho grupo rechaza la existencia del Estado de Israel y, por lo mismo, busca su destrucción. Eso explica muchas cosas.
Netanyahu, un halcón, paradójicamente buscó manejar las crisis sin caer en la provocación de Hamás. Pero perdió el pulso con el ala ultraderechista de su gobierno y terminó ordenando los bombardeos contra unos 1.600 objetivos en Gaza, luego de que los misiles de Hamás, de fabricación iraní, llegaran hasta Tel Aviv y Jerusalén. De ahí a la invasión terrestre a la Franja no hay sino un paso. Como lo ha demostrado la historia en dicha zona, una vez abierta la caja de Pandora del despliegue de soldados, las consecuencias son imprevisibles. El número de muertos y heridos civiles, que son los que siempre llevan la peor parte, aumentaría dramáticamente. Lo anterior sin entrar a cuantificar la infraestructura destruida y el agravamiento de las ya de por sí deplorables condiciones de vida de la población palestina.
Apreciar el panorama en su conjunto, sin los suficientes elementos de juicio y sin conocer un poco más de los hechos coyunturales, conduce a que las opiniones se dividan mayoritariamente a favor de los más débiles, en este caso los palestinos. Argumentos hay y muchos. Sin embargo, como se puede apreciar, las cosas no son tan sencillas y las jugadas son a varias bandas. Es tan condenable el secuestro y asesinato de jóvenes israelíes, como repudiable el bombardeo contra blancos civiles y los muertos y heridos que estos hechos provocan. No se puede trazar de manera simplista una línea entre “buenos y malos”. Urge, por el contrario, un llamado internacional al cese al fuego de lado y lado. Ya no se trata de la Intifada de piedras contra fusiles de antaño. El conflicto escaló al lanzamiento de más de 150 misiles por parte de Hamás y de unas 400 toneladas de explosivos del lado israelí, en tan solo tres días.
Esa es la magnitud del drama que allí se vive. Lo cierto es que no puede haber indiferencia con lo que pasa en esta castigada región del mundo. Mientras se reactivan las conversaciones de paz, sobre la base de reglas claras de juego y compromisos medibles, Naciones Unidas debe pronunciarse por un cese inmediato de las acciones militares, de lado y lado, antes de que la situación se vuelva, una vez más, incontrolable.