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A Nairo Quintana le diagnosticaron el «mal del difunto» y le auguraron una muerte temprana. Su madre había estado en contacto con una persona que estaba a punto de morir. Solo un sanador podía salvarle. Si se recuperaba, decían en su tierra natal, estaría tocado por el destino.
A los 24 años, Quintana se convierte en el primer ciclista suramericano en ganar el Giro de Italia. Lo hace en su primera participación y tras haber demostrado una gran potencia, como si el ciclismo le mostrara el camino de la gloria que le anunciaban en su niñez.
Una precocidad que augura un futuro prometedor, el de un ciclista que nació para ser uno de los más grandes. «Va a ser el ciclista del que más se va a hablar en los próximos años», aseguró alguna vez su director, Eusebio Unzúe. «Lo que más extraña de él es su madurez», agregó el director del Movistar, que le considera «un ciclista con el motor de un grande y con la cabeza de un líder».
Nacido en Combita el 4 de febrero de 1990 en el seno de una humilde familia campesina, Quintana no adoptó la bicicleta por devoción. Era su medio de transporte diario para acudir a la escuela y allí comenzó a destacar, en las pendientes que llevaban desde su domicilio al colegio de la vecina Arcabuco, con el 8 % de desnivel medio.
Allí, donde otros acudían a entrenar en altitud, el niño Nairo estaba en su ambiente natural y pronto llamó la atención de los «ojeadres» profesionales, que no tardaron en abrirle las puertas del ciclismo profesional.
«Me crie a 2.800 metros, eso me da ventaja en este deporte, es el mejor lugar del mundo para entrenar», asegura el campeón del Giro.
Primero pasó por las formaciones colombianas «Boyacá es para vivirla» y «Café de Colombia», donde obtuvo sus primeros resultados. En 2010 ganó el Tour del Porvenir y dos etapas y, al año siguiente ya estaba en la nómina de Movistar.
Fue Vicente Belda, que tras sus problemas judiciales en España pasó a ocuparse de la programación de ciclismo de Tunja, quien habló a Unzúe que había un joven colombiano excepcional. «Primero nos sorprendió en los entrenamientos, en Mallorca, donde le vimos cualidades excepcionales, pero donde de verdad dio la talla fue en una carrera en Murcia, donde ganó a corredores en un gran estado de forma», afirmó.
Quintana ganó esa Vuelta a Murcia y ese mismo año se impuso en la etapa reina de la Dauphiné, logró la Ruta del Sur y el Giro de Emilia. Impresionante para un ciclista de 22 años. Su rendimiento no flaqueó en 2013, cuando antes del Tour había ganado una etapa de la Volta a Cataluña y la Vuelta al País Vasco. A su impresionante fuerza, que cobra toda su dimensión en los ascensos, Quintana añade una enorme capacidad de liderazgo, una astuta observación de la carrera.
El inigualable escaparate del Tour de Francia le convirtió en uno de los nombres propios del ciclismo internacional. Segundo en la clasificación general, vencedor de etapa en Semnoz el día de la fiesta nacional de Colombia -que lo nombró Mejor Deportista del Año tras un recibimiento digno de jefe de Estado el pasado mes de agosto-, campeón de la Montaña y vencedor de los Jóvenes, hitos formidables para un ciclismo latinoamericano que ha encontrado él a la gran figura que esperaba desde hace quince años.
Bajo el caparazón de timidez que encierra su tez oscura, su talla pequeña y sus rasgos andinos, se esconde un fuerte pedalista que se bate como guerrero en las cumbres más elevadas como recientemente lo demostró en Van Martello, en Cima Grappa y en el Zoncolán, lugares donde dio el estacazo para convertirse en el primer colombiano en la historia en ganar un Giro de Italia.