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Debatamos, señores candidatos

Lejos estamos de una democracia deliberativa: esa suerte de acuerdo, llegado a él por medio de la discusión razonable de las ideas, para que seamos nosotros mismos los que, al final, terminemos tomando las decisiones que nos afectan. Imposible. Los tamaños de las poblaciones han hecho esa opción política apenas un ideal teórico. Pero debate sí puede (y debe) haber en toda sociedad.

10 de abril de 2014 – 11:10 p. m.

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En las democracias como la nuestra pueden los representantes dar la discusión de sus ideas: esa es la opción que se ha abierto ahora, en plena campaña presidencial, para que los candidatos expongan sus visiones de país. El debate es fundamental: que circulen las ideas, que los ciudadanos las escuchen, que ellos, también, tengan un nivel de discusión mínimo sobre quiénes son los que terminarán, nada menos, en la Presidencia de su país.

Pero no lo hay. No se le miden a esta responsabilidad o la evaden creyendo que con el simple recorrido por los municipios y el abrazo hipócrita a ciudadanos (para ellos anónimos) basta y sobra. Pues no. No nos satisface esa respuesta. A casi un mes de que se celebren los comicios, sorprende la ausencia de debate en los diferentes foros que se han organizado. Esta semana nomás, esta casa editorial organizó dos, uno sobre el manejo del recurso hídrico a la luz del proyecto BIBO y otro sobre temas de justicia, paz y economía en conjunto con Congreso Visible de la Universidad de los Andes y la Cámara Comercio de Bogotá. Sillas vacías se vieron en los dos (del presidente-candidato y de Enrique Peñalosa en ambos —en el primero, Peñalosa se hizo al menos representar por su directora programática—, y también de Clara López en el último).

La imagen de esas sillas vacías constituye un irrespeto al país. Es muestra patente de que la estrategia política está, justamente, en no asistir. Puro marketing. Poca cosa les parece el debate: ¿Para qué, si no tengo votos que ganar y sí que perder? Quien va al frente en las encuestas se siente —se ha sentido desde hace años, eso hay que decirlo— con el derecho de ignorar la confrontación de ideas. Sí, hay candidatos que acuden a ellos, pero no sabemos qué sería de su presencia si estuvieran mandando en esas encuestas.

Pero además, cuando llegan, olímpicamente huyen del debate. El auditorio repleto de estudiantes el pasado miércoles en los Andes tuvo que asistir a un diálogo sordo, como lo calificó este diario ayer en la reseña del evento, entre los únicos dos asistentes: Marta Lucía Ramírez, del Partido Conservador, y Óscar Iván Zuluaga, del Centro Democrático. Asistieron, muy bien. Pero son los que van a misa los que se ganan el sermón: de debate, los candidatos mostraron más bien poco. Evadían las preguntas o no profundizaban en ellas: repetían lo que tenían en su bolsa de respuestas pregrabadas. Así, frente a la redistribución de los recursos, por ejemplo, nuestros candidatos respondieron que generarían más. ¿Y la desigualdad cómo la resolvemos? Silencio. Sobre la política educativa respondieron con el presupuesto que debería tener ese sector en su gobierno. ¿Detalles de calidad, cobertura, de primera infancia o cosas que interesan, como el rendimiento en las pruebas Pisa? Silencio.

¿Es esa la democracia que queremos? ¿Candidatos, los unos ausentes de cualquier debate y los otros evadiendo las preguntas y no tocando los temas a fondo? No particularmente. Poco o nada se puede saber de los candidatos si ellos no van y dan la cara y responden y entran en honduras y se atreven a arriesgarse. Todas características de un buen gobernante, por lo demás. Esperamos, entonces, que haya más discusión pública. Más insumos para que el ciudadano pueda salir a votar por una determinada idea. Aún queda tiempo para que la deliberación pase de los representantes a los representados, como debe ser.

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