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No lo logró. Y es que es difícil condensar la indignación inmediata de la gente que no puede llegar a su trabajo o a su lugar de estudio o a donde sea, y transformarla de repente en indignación social sostenida. Esperaba mucho de su habilidad de hablar en público. Y tampoco da para tanto.
“Soy el más consciente de que Transmilenio no funciona bien. Antes de que hubiera Transmilenio, el transporte funcionaba peor, la única manera de superar el Transmilenio, de mejorarlo, es con el metro”, se le oyó decir. Pero por ahí no es la cosa tampoco, por mucho de cierto que pueda tener el argumento: no es con una política pública del futuro que se resuelven los problemas de hoy. Mucho menos los de movilidad de la ciudadanía. Transmilenio en estos momentos está en problemas, represado, con buses insuficientes. Y atrasado en sus obras, ese es el mayor problema.
Ante una demanda que se incrementó como resultado en buen parte de una medida (positiva, no sobra decirlo) del mismo alcalde, que fue la de bajar las tarifas, hoy el sistema colapsa: no se han construido las troncales que ya deberían estar listas; no hay, y por mucho, los kilómetros planeados para esta fecha; el Distrito va dos fases rezagado en sus planes, faltan buses. Y eso, en el día a día, desespera: una cadena de quejas reiteradas se convirtió de pronto en un disturbio que dejó heridos, detenidos, buses destrozados, entre otros. Ya no aguantan más los usuarios, por mucho que pueda haber, y puede que haya, de maniobra política en las protestas de estos días.
La solución tampoco es la que luego se le ocurrió al alcalde: eso de que las personas vayan y protesten para conseguir la renegociación de los contratos que regulan Transmilenio. Menos cuando fue el mismo Petro quien hizo esa operación a mediados del año pasado. No pudimos por medio de la habilidad negociadora del Distrito, entonces ¿vamos a meterle candela social al asunto? ¡Por favor!
Hace falta más gestión. Más soluciones expeditas, sobre todo, que ayuden a que el servicio de transporte llegue más rápido a los puntos. Y esto no sólo se logra con respuestas a medias, como poner los buses azules a rodar por los carriles exclusivos de Transmilenio, sino con acciones más concretas. Más buses articulados, por un lado. Más respeto por los cruces de Transmilenio, para que no se detengan los buses, como pasa frecuentemente. Más orden al subir y bajar. Por ahí, con medidas creativas (que, según los expertos, son las más adecuadas en el plazo inmediato y no se han hecho) es por donde el alcalde debería perfilar sus propuestas. No estaría mal contar con la asesoría de personas que durante años han alimentado este debate con soluciones viables e inmediatas.
A largo plazo es otra cosa: ahí se ve el nivel de abandono que tiene esta política pública, al principio tan novedosa pero que hoy (y hace un año hablábamos de lo mismo) genera tantos dolores de cabeza. Hay que bajarles a apuestas del futuro cuando la del presente está muriendo. La gestión, de aquí en adelante, debe ser impecable. No hay alcaldía que aguante, ahí sí, la indignación del ciudadano de a pie, que día a día lidia con un problema sin solución.