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Las mil caras de Philip S. Hoffman

Interpretó papeles distantes entre ellos: un periodista de habla suave en ‘Capote’, un cura con pretensiones libertarias en ‘La duda’ y un asesor de poca diplomacia en ‘La guerra de Charlie Wilson’.

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En el pasado Sundance Festival, el 17 de enero, Philip Seymour Hoffman lucía como solía hacerlo: con piezas que parecían usadas por un par de días, el pelo echado a un lado, muy rubio, una barba de tres o cuatro días, casi invisible, y con sus gafas de costumbre. Aunque hoy su muerte sea repentina, y aquellas palabras —en entrevistas y charlas del festival— sean tomadas como sus últimas palabras, nada en él presagiaba una muerte, como suele suceder. Se lo veía como siempre: un hombre robusto, fuerte, que comenzó a actuar cuando se lesionó el cuello en una pelea, cuando era dado a practicar la lucha.

Eso fue en los años ochenta, y apenas sabía cuánto deseaba actuar. Realizó aquí y allá, en Nueva York, donde había nacido en 1967, hijo de una madre abogada y un padre ejecutivo, la primera católica y el segundo protestante, cursos de actuación en verano en escuelas de teatro y se recibió de un grado en drama en 1989.

Luego, en los noventa, entregado a la lectura de autores variopintos, interesado por el teatro y también con cierta dosis de humor que sería después —en filmes como ‘La guerra de Charlie Wilson’ y ‘Punch-Drunk Love’— clave de su propia persona, Hoffman entró en el cine. Fue por entonces que ‘Triple Bogey on a Par Five Hole’, ‘My New Gun’, ‘Leap of Faith’, ‘Joey Breaker’ y ‘Money for Nothing’. Eran los comienzos de un actor que supo, luego de un estudio constant de la naturaleza de sus personajes, salir de sí mismo y convertirse en otro. Hoffman era capaz de ponerse en los zapatos del otro, de aquella ficción: era, en cierto sentido, un antropólogo. Un antropólogo en fotogramas.

Su trabajo no sólo se ceñía a repetir el libreto. Iba más allá de la mera interpretación y alcanzaba a difuminar ese concepto tan manido de la imitación. “(Interpretación e imitación) no son cosas literales, ¿sabes? —dijo en una entrevista con ‘About.com’ cuando filmó ‘Capote’ en 2005—. Todo, si te entregas a ello, eventualmente trasciende en algo artístico y ese es siempre un mundo gris e indefinible. Tú haces todo el trabajo que hay que hacer, ves los documentales y escuchas las grabaciones que debes ver y escuchar, entrevistas gente. Siempre digo que me encierro en un cuarto cuatro meses antes de grabar y trato de trabajar una o dos horas diarias con todo el material que tengo. Y tenía que averiguar qué era eso. (…) Cuando no era sólo imitación, cuando no era sólo mímica, estaba creando un personaje. Un hombre de verdad”.

Muy buena parte de sus personajes, en los filmes que grabó en la última década, eran secundarios. Sin embargo, en ellos coexiste cierta habilidad protagónica, cierta acción principal que define al resto de los personajes: Gust Avrakotos, el personaje que interpretó en ‘La guerra de Charlie Wilson’, es un diplomático poco interesado en las buenas maneras. En una de las escenas, Avrakotos entra a la oficina de uno de sus superiores. Aquel piensa que se disculpara con él por una ofensa anterior; Avrakotos, sin embargo, ataca con más ímpetu que antes, lo ofende de nuevo, le echa en cara algunas verdades y antes de salir, con la herramienta de un servidor que está en la puerta, rompe el vidrio de la oficina. Antes de salir, se acerca a su secretaria y, carente de toda la ofuscación que antes lo había apresado, le pregunta: “¿Qué tal estuvo?”.

Ese grado de versatilidad fue el mismo que desarrolló en ‘Capote’ (2005), por la que ganó el Oscar a mejor actor. Hizo de un hombre de maneras suaves, muy finas, con un humor impredecible, pleno de sentimientos y angustias frente a quienes dependían de él. Hoffman no sólo se concentró en imitar un carácter o una condición: quería vivirla, deseaba encontrar en la piel del otro un motivo para ser él mismo. “Tú usas todo lo que te ha influenciado para salir de ti mismo y ser más creativo”, dijo en una entrevista con la revista ‘The Believer’ en febrero de 2004.

La misma capacidad para encontrar a sus personajes, que están definidos en el papel pero no en la vida que se les da en el filme, le sirvió para ‘La duda’: al interpretar al padre Brendan Flynn, disgustado con el orden común, Hoffman busco entender la propia naturaleza de ese hombre y, a través de ella, conectarse con sus dilemas. “Lo pensaba como alguien del futuro, que quería darle vida a la iglesia y convertirla en un lugar donde la gente de verdad se reuniera. (…) Creo que eso en él era genuino: (él deseaba) que la gente fuera a la iglesia con todos sus pensamientos y sentimientos, y no sólo con aquellos de los que se avergonzaban. Y aquellos de los que se avergonzaban también debían ser tratados con calor y pasión. Ese era un gran dilema para él”.

En escena, Hoffman estaba entre amigos: filmó en varias ocasiones con Joaquin Phoenix, Meryl Streep, Catherine Keener —en ‘Capote’ y ‘El último concierto’—, Robin Williams y Robert de Niro. Lo recuerdan, dicen, como un buen hombre, como un actor excelso, como una de las raras adquisiciones del cine actual. “Lo que sucede con otro actor en un buen filme, algo que está bien escrito y que tiene un significado profundo para ambos, es algo muy íntimo —dijo en una entrevista con la revista ‘Esquire’ en 2012—. Es como: ‘Aquí estoy para ti, tú estás para mí’. Y están silenciosamente ayudándose uno a otro”. Una mecánica que se aleja de la soledad. Actuar, uno de los modos de la amistad.

Hoffman logró toda dicha potencial actoral en medio del anonimato. Sólo hasta ‘Capote’, Hoffman fue asequible al público general. Sus últimos filmes, entre ellos ‘Los juegos del hambre: en llamas’, abrieron aún más su espectro. Y, sin embargo, aunque eran seres distintos los que interpretaba, algo de Hoffman había en todos ellos: una preocupación por el tono de voz, una mirada entre inquisitiva y satírica, cierto afán por desanudar el espíritu de su personaje. “¿La gente? —se preguntó en una ocasión— A veces me identifican con mis personajes, pero no saben quién soy”.

 

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