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La valentía de “El Muñeco” Gallardo

Este miércoles, desde las 8:00 (Fox Sports), el equipo de la banda cruzada y Tigres jugarán el partido de vuelta por el título del torneo. El juego de ida terminó empatado 0-0.

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Hay un hombre detrás de ese coloso argentino que este miércoles, desde las 8.00 p.m. (Fox) en el Monumental, buscará su tercera Copa Libertadores. Es el padre de la criatura de banda roja, de este equipo que arrasa en el fútbol de Suramérica. Se trata de Marcelo Daniel Gallardo, El Muñeco, apodo que lo acompaña desde que empezó a entrenarse con la Primera División de River Plate, por su envase pequeño.

Es el técnico que le ganó a la desconfianza porque llegó a Núñez por descarte, después de que los sueños platónicos de los dirigentes (Marcelo Bielsa, Ricardo Gareca y Gerardo Martino) quedaron en el camino y hoy está a un paso de lograr un hito en su carrera: ser parte del selecto grupo de aquellos que ganaron la Copa de uno y otro lado de la línea de cal (ese que integran Humberto Maschio, José Pastoriza, Pipo Ferreiro, Juan Mujica, Luis Cubilla y Nery Pumpido, nade menos).

Y pensar que Gallardo era la última opción de Rodolfo D’Onofrio cuando Ramón Díaz, después de ganar el Torneo Final 2014, decidió renunciar. El Muñeco manejaba rumbo a San Pedro, a mitad de camino entre Buenos Aires y Rosario, para reunirse con el presidente de Newell’s Old Boys, Guillermo Lorente. Estaba a punto de llegar al destino y le timbró el teléfono móvil.

Un amigo le avisó: “Volvé, Marcelo, que te van a llamar de River”. Y al rato lo convocó a una reunión el titular del club de Núñez. En cuestión de horas, El Muñeco acordó su vínculo por dos años. Y esa apuesta osada, que tuvo el espaldarazo de Enzo Francescoli, secretario técnico de la institución, resultó un éxito total. Porque a los 39 años, con la única experiencia de haber dirigido Nacional de Montevideo, Gallardo ganó dos copas internacionales y va por la tercera, esa que obsesiona a los millonarios, que arrasaron con las entradas para el choque ante Tigres de México, este miércoles en el Monumental.

¿Cuál es el secreto del éxito de este estratega que irrumpió con su fórmula ganadora en Udaondo y Figueroa Alcorta? La valentía es su principal virtud. A pesar del reconocimiento que cosechó durante sus años de futbolista, asumió el desafío. A pesar de haber ganado ocho títulos con la banda roja (seis locales, dos internacionales) en sus tres etapas en River (1993-1999, 2003-2006 y 2009-2010), expuso su idolatría.

Lo dijo cuando asumió, en diálogo con este corresponsal. “Uno siempre se está jugando cosas. Si no supiera interpretar la magnitud que tiene esta profesión, sobre todo llegando a un club como River, no lo podría tolerar, porque iría en contra de mi naturaleza. No mido las consecuencias de lo que me estoy jugando. Estoy convencido de que estoy en el lugar que quería estar y me siento con una energía tremenda para asumir esta responsabilidad. La exposición es parte de esta profesión, es algo que siempre está. Si no aceptara eso, estaría en otra función”, aseguró, consciente de lo que representaba dirigir a los millonarios.

Y esa actitud que mostró para tomar el timón que había dejado uno de los técnicos más ganadores de la historia de River tuvo correlato en la cancha. Porque su equipo fue audaz. Con dos o tres retoques, armó un River que llenó de fútbol a su afición. Peleó el campeonato pasado hasta el final y si no logró dar la vuelta olímpica, se debió a que Racing Club se le cruzó en el camino y a que se enfocó en la Copa Sudamericana. Y al final, el resultado ante Atlético Nacional de Medellín le dio la razón. Porque se quedó con el torneo continental. Y se hizo acreedor a la posibilidad de disputar la Recopa con San Lorenzo. Y la consiguió. Y ahora está ante la instancia decisiva de la Libertadores, aquella que Gallardo alzó en 1996, más allá de que jugó poco y nada en aquel equipo que, justamente, dirigía Ramón Díaz, su antecesor en el banco, y que capitaneaba Francescoli, el que lo convocó para sentarse en el banco.

“Estamos ante un partido memorable. Tenemos una oportunidad única y no se nos puede escapar. Es un privilegio poder jugar esta final. Tigres va a ser un rival duro, lo demostró en Monterrey. Y si bien jugamos en nuestra casa y ante nuestro público, debemos tener cuidado porque los mexicanos tienen jugadores de jerarquía”, dijo Gallardo en las horas previas. Y confirmó a Fernando Cavenaghi, uno de los históricos goleadores, como titular porque no estará disponible Rodrigo Mora, desgarrado. Los otros cambios serán el ingreso de Camilo Mayada por el suspendido Gabriel Mercado y la presencia de Nicolás Bertolo en lugar de Tabaré Viudez, que está lesionado.

Gallardo quiere quedar en la galería de los grandes técnicos de la historia de River Plate, que ya tiene 114 años. Ángel Labruna es uno de los más ganadores. Lo fue como jugador porque integró “La Máquina”, aquel extraordinario equipo que en la década del cuarenta arrasó con una delantera que hizo gala de su contundencia. Y también, cortó la racha de 18 años sin campeonatos (1957 a 1975) como entrenador. También Ramón Díaz dejó su huella como técnico. Ganó ocho títulos al frente de la banda roja, incluso, un tricampeonato. Sin embargo, ninguno de los dos, ni Angelito ni el Pelado, pudo alzar la Copa Libertadores como jugador. Por eso sería un logro extraordinario para Gallardo poder conquistar este trofeo.

Y como si fueran pocos los elogios que recibe en Argentina y Suramérica, los reconocimientos llegan desde el exterior. Esta semana se conoció el prestigioso Coach World Ranking y El Muñeco figura en el sexto puesto del escalafón, detrás de Luis Enrique (Barcelona), Carlo Ancelotti (ex Real Madrid), Unai Emery (Sevilla), Pep Guardiola (Bayern Múnich) y Massimiliano Alegri (Juventus). Sólo ellos sacaron más puntos que Gallardo.

Claro que es un tema secundario para el técnico de River. El mayor logro será levantar la Copa, esta noche, ante 62.188 personas que coparán cada rincón del estadio Monumental. “Hay ansiedad. Pero ya hemos jugado este tipo de partidos definitorios”, dice El Muñeco, quien no podrá estar en el campo de juego ni en el vestuario porque lo expulsaron en México y fue suspendido por la Conmebol. Aunque no lo preocupa esta situación: desde el banco o el palco, lo espera la gloria. Como cuando jugaba en pantalones cortos y también gritaba “campeón”.

 

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