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Seis miembros de la fuerza pública y tres civiles murieron en el atentado, como cierre trágico de la decimoséptima ronda de negociaciones en La Habana, Cuba, que pretenden ponerle fin al conflicto.
Por supuesto, la sociedad debe recibir de buena manera un cese unilateral de las balas por parte de una guerrilla que está en camino de abandonar la guerra. Pero no se puede hacer la de los ojos ciegos, como pretenden las Farc, cuando hechos como éste ocurren. Habrá más, dice sin sonrojo en el rostro, alias Pablo Catatumbo, nada menos que uno de los negociadores en La Habana: “de hoy al 15 de diciembre pueden ocurrir hechos lamentables”, le escuchamos decir.
Es cierto que la negociación en curso está hecha sobre la guerra, esas son las condiciones. Y en una guerra, se “justifican” las acciones propias de la confrontación. Lo que resulta inaceptable, incluso en una guerra, es que la población civil sea blanco indiscriminado: esos tres civiles muertos por culpa del atentado no son en modo algunos un efecto natural de esa negociación en medio de la confrontación. Una guerra justa (si es que el término puede usarse) no llega hasta allá. Y menos cuando es el resultado de una cadena de ataques en el Pacífico colombiano que dejó a Tumaco y a Buenaventura sin energía por unos buenos días. Un ataque de esta índole (y las Farc deberían saberlo) mina la credibilidad de la sociedad frente al proceso. ¿O es que están creyendo que esa sociedad, pase lo que pase, tiene que correr agradecida porque la guerrilla decida hablar con el Gobierno? Es hora de más gestos de buena voluntad.
Surge, a su vez, una duda levantada en otras ocasiones en este mismo espacio: ¿tiene las Farc un control total sobre sus frentes guerrilleros? ¿O existen facciones que no responden a las órdenes del secretariado? ¿Son estos atentados una forma de mostrar fuerza en la negociación o, también, de darle mayor preponderancia al anuncio de cese unilateral del fuego por unos días? ¿O quienes hablan en La Habana no tuvieron el control sobre este ataque? Esa es una incógnita que los representantes de las Farc deben entender que no pueden aplazar indefinidamente, mientras continúan sucediendo este tipo de actos.
Las Farc probablemente esperan una respuesta igual a su gesto de fin de año, pero eso es algo que un Estado de derecho no puede permitirse. Ha dicho el presidente de la República, Juan Manuel Santos, quien no piensa darle un minuto de descanso a la guerrilla y que no pararán las acciones militares hasta que haya un acuerdo definitivo. Se atiene a las reglas del juego, las pactadas, y eso está bien. Si negocian en guerra, pues en guerra están, pese a las acciones de buena voluntad que puedan ejercerse.
Ya veremos qué tan cierto es el cese al fuego navideño y qué tanto se atienen las Farc a sus propias palabras y declaraciones. El cese al fuego es bienvenido, pero sin tanto cinismo, sin tanto ataque desproporcionado que lo único que genera (aparte de cortar vidas) es que la sociedad crea menos en un proceso que, si bien avanza, lo hace de forma lenta y con sus enemigos al acecho. Es hora de que, si el fin del conflicto es inminente, como dicen algunos, las Farc piensen desde ya en dejar de hacer cosas que les dificultan su vida en el posconflicto: tanto en la reinserción en la sociedad como en una eventual participación en política.