Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Era una ficha clave: un enlace directo entre ese Estado que quiere entrar al mundo de la indigencia y la drogadicción y los habitantes de calle, que no confían en él.
El sábado fue asesinado y la noticia nos cae como un balde de agua fría. Porque da al traste con la esperanza, nada menos: esta muerte nos recuerda que en muchas ocasiones este país tiene que ser testigo de cómo se mata a quien lucha para construir una sociedad mejor. Una más decente. Cuando se revisan los hechos sucedidos el sábado, pese a que la justicia no ha emitido fallo, es muy difícil pensar sin suspicacia.
A eso de las 11 de la mañana cuatro sujetos se le acercaron y le arrojaron huevos, materia fecal y una amenaza: que no lo querían ver más por allá. Se bañó en el jardín infantil del sector y, pese a las advertencias de la directora del proyecto, siguió con sus labores repartiendo aguadepanela a los habitantes del Bronx. Diez horas después, cuando Molina ya estaba en su casa en el barrio La Aurora en el sur de la ciudad, un hombre se bajó de una motocicleta, entró a su casa y le dio tres disparos en la cabeza. A los 40 años, en el Hospital de Meissen, murió.
La hipótesis más fuerte es, por supuesto, que lo asesinaron por hacer su trabajo. Un desprevenido podría pensar que es imposible que manden a matar a una persona que básicamente se dedicaba a ayudar a otras. Pero la situación puede leerse de una forma mucho menos simplista.
Detrás de su actividad estaba todo el entramado social y delincuencial que es el mundo del Bronx de la capital de este país. Y en él, pese a que el Estado ha entrado, las mafias y redes del narcotráfico continúan con su labor. No querían perder espacio. Molina, con su conocimiento de la calle, de lo social, estaba pisando esos callos. Ganaba legitimidad. Y con él, el Distrito. En su medida, Molina fue un símbolo de lo que es posible.
La pregunta: ¿por qué lo matan ahora, una década después de estar haciendo lo mismo? Probablemente por la intervención profunda que el Distrito emprendió desde el año pasado, agresiva en un principio e incipiente en los últimos meses por un ramillete de líos burocráticos. Entraron con todo el arsenal de herramientas que se espera de un Estado y luego se ahogaron en sus propias cuestiones instrumentales: que la integración de las secretarías, que los edificios usados… En fin.
Mientras tanto, mientras el Estado entraba fuerte y salía débil, Molina estaba en la mitad, haciendo lo mismo pero con más impulso, más visibilidad. Así estaba la cosa.
La pérdida de este hombre es grande. No exageramos. En sus manos, en su entendimiento de la vida en la indigencia, de la drogadicción, pero también en su tacto para tratar a personas que, como él lo estuvo, pasan por un momento particular, residía un conocimiento especializado (y empírico) que pocos tienen. Así lo atestiguan los habitantes de la calle y los mismos miembros del Distrito.
“Nos quieren sacar, pero vamos a permanecer”, dijo el secretario de Integración Social, Jorge Rojas. Ojalá sea verdad. Ojalá vean en la vida de Javier Molina un ejemplo de la responsabilidad. No sólo para quitarles capacidad a las mafias, sino también para solucionar muy pronto esos obstáculos que no los dejan avanzar en una política tan importante. El recuerdo de Molina lo merece.