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Consciente de que debe aprovechar cada momento, ha agarrado al toro por los cuernos y en pocos meses de papado da muestras de un sano reformismo. Sin embargo, los sectores más conservadores no parecen dispuestos a ceder espacios. Lo esperan tiempos complejos.
De momento, tanto los gestos personales de humildad como el recibir al teólogo Gustavo Gutiérrez, fundador de la teología de la liberación, las homilías durante su visita a Brasil o la reciente entrevista concedida a la revista Civiltà Cattolica, de la Compañía de Jesús, han generado diversas reacciones. Desde quienes ven un mero populismo destinado a “descrestar calentanos”, hasta los máximos representantes del Opus Dei, cuestionan lo que viene haciendo.
Hace unos días el cardenal arzobispo de Lima, Juan Luis Cipriani, máximo representante del Opus Dei, no dudó en calificar la decisión de reunirse con Gutiérrez como “ingenua”, por ser un “acercamiento con una corriente teológica que hizo mucho daño a la Iglesia”. No extraña que este comentario provenga de un sector de la Iglesia que ha chocado con los postulados de los jesuitas, orden a la cual pertenece el pontífice. Algo parecido se escuchó desde la otra esquina retrógrada, los Legionarios de Cristo, quienes sienten cada vez más alejados los espacios de poder conquistados bajo Juan Pablo II y que ya habían comenzado a mermar con Benedicto XVI, luego de los escándalos de pederastia y otras perlas dentro de la orden.
¿Cuáles son los pecados del nuevo papa? Al parecer, hacer lo que se esperaba del máximo líder del catolicismo: abrir las puertas a una institución que se había anquilosado. Dar muestras de un talante más humano y pedestre al dar ejemplo de inclinarse por quienes más sufren, quienes viven en condiciones de pobreza. Exigir, por lo mismo, a todos los sacerdotes, bien sean curas de pueblo o cardenales, que actúen en consecuencia. Recordarles que, más allá de desgastantes debates retóricos sobre los divorciados, los homosexuales y las mujeres, en su relación con la Iglesia, es mejor concentrar las energías en entender y ofrecer apoyo a quienes más lo necesitan.
En una de sus respuestas dijo que ve a “la Iglesia como un hospital de campaña después de una batalla”, donde en vez de ponerse a pedir exámenes de colesterol o de azúcar, hay que atender de inmediato a los heridos. No le falta razón. Al final del día la conclusión es obvia: ¿no trataba precisamente de eso el evangelio que tanto se difunde, al parecer en muchos casos de puertas para afuera, en los templos alrededor del mundo? Tal vez por este motivo durante su visita a Brasil el mensaje llegó de forma directa a miles de jóvenes que se sintieron conectados de inmediato con una persona que les habló con sinceridad.
La verdad es que, como dicen los entendidos, con los aciertos y errores de la teología de la liberación, la opción por los pobres sigue siendo una necesidad. Sin ir muy lejos, América Latina es la región más inequitativa del planeta. A pesar del crecimiento económico y los niveles de desarrollo alcanzados, las condiciones de desigualdad son abismales. Colombia misma es un buen ejemplo de esta situación y las recientes protestas así lo atestiguan. Una Iglesia que vuelva a mirar a los más necesitados, ya sin los elementos ideológicos que la permearon hace cuatro décadas, es una necesidad. Así los sectores retrógrados dentro de la misma, tanto clérigos como seglares, estén preparándose para dar la pelea interna en contra.
Sí, habemus papam. Un pontífice que reconoce su condición de pecador, de ser humano, con sus ventajas e imperfecciones. Dispuesto a escuchar, a evaluar, a realizar cambios poco a poco. Pero al mismo tiempo con el arrojo suficiente para ir predicando con el ejemplo y esperando que su grey vaya acomodándose a esta nueva realidad. El tiempo y la historia le darán la razón.