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Sierra Ferro vs. Estados Unidos

Óscar Guillermo, de 21 años de edad, fue extraditado a Estados Unidos acusado de ser el socio de ‘El Loco’ Barrera.

Durante los cinco meses que estuvo recluido en Estados Unidos, Óscar Sierra Ferro pocas veces pudo ver la luz del sol.  / Gabriel Aponte - El Espectador
Durante los cinco meses que estuvo recluido en Estados Unidos, Óscar Sierra Ferro pocas veces pudo ver la luz del sol. / Gabriel Aponte – El Espectador

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Fue su decisión de vida. Quizás se vaya a arrepentir, quizás no. El 17 de septiembre, y con más de 12 meses recluido, Óscar Guillermo Sierra Ferro, de 21 años, aceptó su culpabilidad frente a un juez de los Estados Unidos. Había sido capturado en Bogotá el 1 de septiembre de 2011 y extraditado a ese país el 25 de abril. Lo acusaban de ser el socio de El Loco Barrera. Allí permanecía en una cárcel oscura. No podía ver el sol. Su alimentación era deficiente. Pasaba el día leyendo y charlando con su compañero de celda. Hasta que un día la Fiscalía de ese país le hizo una propuesta: que se declarara culpable y, a cambio, regresaría a Colombia.

Sierra Ferro, estudiante de Administración de Empresas de la Universidad del Rosario, endeudado con la señora de los dulces por $15 mil, no daba un paso sin que Martha, su madre, lo supiera. Sabía que la Fiscalía de Estados Unidos no tenía pruebas suficientes en su contra. Apenas que a él le decían el gordo, igual que a un socio del capo, recientemente capturado en Venezuela. “Mis amigos se burlaban porque decían que qué narco salía a rumbear con 50 mil pesos como yo lo hacía. Y, sin embargo, aceptó firmar un documento en el que se declaraba responsable de conspiración para el narcotráfico. Su abogado, Joaquín Pérez, no estaba de acuerdo, quería ir a juicio y demostrar su inocencia. Su madre aún se lamenta y voltea la mirada cuando se habla del tema, pero para Sierra Ferro esa fue la mejor decisión.

“Mi abogado me dijo: ‘¿Usted debe algo? Y yo le dije ‘no, pero llevo un año aguantando hambre y humillaciones. Me hace mucha falta mi familia y así me marque la vida, pues el nombre se puede limpiar, se me presenta esta oportunidad y prefiero irme con las personas que me quieren’” Y agregó: “Yo sé cómo manejan los Estados Unidos casos como el mío. He visto gente a la que le ofrecían dos años de condena a cambio de declararse culpables, pero se iban a juicio y les clavaban 15 o 20 años. Yo pensé: ‘soy joven, tengo 21 años y no puedo perder mi vida en una cárcel por un delito que no he cometido, por testigos que ni me conocen’. Estoy libre y por eso fue la decisión correcta”.

Para Sierra Ferro la ecuación era sencilla: era él contra el gobierno de los Estados Unidos y “Ese país nunca pierde (…) Usted no sabe en qué momento está peleando contra un gobierno. Un estudiante de cuarto semestre del Rosario, de 21 años, peleando contra una potencia mundial. Nadie se imagina eso, es impotencia. Por más inocente que usted sea, cómo va a pelear contra un gobierno, si son el fiscal general, la DEA, el FBI, la CIA y el presidente contra usted”. Sierra Ferro sabe que su decisión le traerá consecuencias. “Si superé esta prueba, podré superar las que vienen”.

En Estados Unidos sufrió los peores vejámenes, vio como una persona acusaba a otra para obtener beneficios de la justicia. “A cada rato decían ‘vamos a ver a quién me le siento porque yo tengo que salir de aquí’”. Ese era el código. Sentársele a alguien era la forma de decir que se iba a señalar falsamente a un acusado. Y, al parecer, sus compañeros lo hacían a menudo. Contra él había dos testigos a los que no conocía, apenas los había visto en la cárcel La Picota en Bogotá, antes de ser extraditado. Además, tenían 33 grabaciones en las que un investigador contratado por su abogado comprobó que no aparecía su voz. Los detectives que le hacían seguimiento descubrieron que él era un joven que apenas iba de la casa a la universidad y, en ocasiones, de la universidad a estar con sus amigos. Incluso, uno de ellos se atrevió a llamarlo a su celda a decirle que creía en su inocencia.

La situación fue tal que cuando la Fiscalía y su abogado presentaron el acuerdo al que habían llegado ante un juez de Estados Unidos, al juez le pareció inaudito que a él no lo fueran a condenar a una pena mayor y entonces la fiscal que lo señalaba de ser el capo de capos salió en su defensa y pidió que se le dejara libre. No lo hizo ese mismo día porque la justicia estadounidense decidió tenerlo un tiempo más en su poder. “Eso es lo último que les hacen a los acusados. Los tienen meses en inmigración. Uno sabe cuándo sale de la cárcel, pero no cuando regresará a su país”.

Al final, el retorno se produjo el 5 de octubre. Sierra Ferro fue recibido en el aeropuerto Eldorado por su familia y amigos, los mismos que le escribieron una carta a la Corte Suprema de Justicia para que cancelara su extradición.

Un mes ha transcurrido y Sierra Ferro se alista para volver a la Universidad del Rosario, que le guardó el cupo en la carrera de Administración de Empresas.

Ya le pagó los $15 mil a Rosita, la señora de los dulces. Dice que la experiencia le enseñó a valorar lo que lo rodeaba, que por ella ya no se queda callado con lo que siente, que quiere ser un empresario y estudiar en el exterior, aunque no en Estados Unidos: “Hay lugares más bonitos”. Y agrega que está decepcionado de las instituciones de Colombia, “yo quisiera que la Policía, que la Corte Suprema de Justicia, que sus magistrados, investiguen los casos, porque están enviando demasiada gente inocente a Estados Unidos”.

Acepta que no es inocente, no lo es porque se declaró culpable, porque fue obligado a renegar de su inocencia. Sin embargo, atrás quedó el estar atado de pies y manos, cual animal, cada vez que un juez lo requería; el desnudarse, levantar sus gónadas y toser para demostrar que no tenía armas en su ano y contentar a sus guardias. Ahora es un hombre libre, aunque con honra manchada.

Cree que se hizo “justicia”. “Porque un extraditado no dura lo que yo duré. Los únicos con suerte son los capos de verdad, ellos negocian con la justicia y en un año están afuera”. Ahora, Sierra Ferro pasa la página de un capítulo de su vida en el que, dice, su libertad dependió de la mentira que significó declararse culpable. “Ellos prefieren condenar a un inocente y que se salga un culpable”, dice mientras transmite fe por un mejor futuro.

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