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Pero sin pensarlo dos veces acepté y me encantó. Realicé los procedimientos de rigor, hablé con uno allí y otro acá, para tener toda la documentación. Tenía la cita con el presidente César Gaviria el 2 de diciembre de 1993 para recibir mi nacionalidad. Todo estaba listo.
Después de esperar ansioso durante semanas, finalmente llegó ese día. Pero de repente hubo una lluvia de información y de primicias en los noticieros. Habían matado a Pablo Escobar. Fue una locura. Por obvias razones la agenda del presidente se colmó y me llamaron para decirme que la cita había quedado aplazada. Durante esa época estuve en giras de conciertos, pero siempre volvía al país. En 1996, el presidente Samper retomó el proceso y finalmente obtuve la nacionalidad.
Contrario a un mito que se ha tejido, yo he vivido en Colombia por ratos. De hecho, el día en que me entregaron la documentación, hacia las 3:00 de la tarde, tuve que tomar un vuelo de regreso a Buenos Aires (Argentina) para continuar con mi trabajo. Pero siempre he vuelto. Disfruto y luego parto.
Años atrás ocurrió otra coincidencia. Era 1990 cuando iba a conocer a Carlos Pizarro. Nos habíamos comunicado a través de cartas. Hablamos por teléfono, pero no lográbamos coincidir. Cuando él se iba, yo llegaba y al revés. Un día, al fin, nuestros horarios se ajustaron. Me dijo que cenáramos el jueves y yo le dije que sí. Ese 26 de abril no pudimos encontrarnos. Lo habían asesinado cuando tomaba un vuelo a Barranquilla.
Pero las casualidades también me han permitido conocer un poco más acerca de esa violencia. Ha sido a través un proyecto del Centro de Memoria Histórica. He conocido lugares como Urabá (Antioquia), Jambaló (Cauca) o Puerto Rico (Meta). A pesar de las innumerables historias que se encuentran en las regiones más alejadas del país, creo que ha habido un cambio positivo en los últimos años. La sensación de enfrentamiento se está esfumando. La gente demuestra alegría, ganas de vivir, amabilidad y una generosidad impresionantes. Son muy amorosos, sensibles, sensuales.
El colombiano, con toda una locura a su alrededor, transmite una energía muy bella. En realidad, pienso que ahí está la cuestión: si uno cree, lo crea. No tenemos que ver la paz por la televisión para ver cómo va.
Tenemos que jugárnosla por ella. Visualizarla, buscarla, crearla, trabajarla y seguirla desde lo cercano y lo cotidiano. La meta será cuidar esa paz para conservar la vida.