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El regreso de Kimy Pernía

Este jueves se cumplen diez años de la desaparición del líder indígena que movilizó al pueblo embera katío del Alto Sinú.

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“A Kimy lo torturaron, le dieron muerte atado de pies y manos y su cuerpo nunca fue enterrado con todos los honores que su dignidad merecía, todo por defender a su pueblo”, dice Nora, una nokó, o jefe embera, que viajó desde Tierralta (Córdoba) a Bogotá para hablar de Kimy Pernía Domicó , diez años después de su muerte.

Dice esto mientras pinta, con tintes naturales, trazos finos de jagua en el rostro de una niña que estudia en el colegio distrital Kimy Pernía Domicó, de Bosa. Un colegio imponente y moderno, que queda  en medio de un barrio pobre de casas a medio construir y lotes enlodados por el invierno.

Esta semana, los cerca de 2.500 estudiantes que tiene el colegio han recibido la visita de varios indígenas emberas katíos y muchos han entendido por qué su colegio se llama de esa forma extraña que los pequeños apenas pueden pronunciar. Por eso, un niño atinó a decir: “Todo el barrio se inunda menos el colegio, porque nos protege el espíritu de Kimy”.

Hoy, no sólo hay una exposición de Kimy hecha por los estudiantes: sus fotos, cenefas y mascaras de figuras emberas, hechas en papel reciclable, sino que después de dos años de su fundación, el colegio por fin tiene escudo: el rostro de Kimy, el sarra indígena del Alto Sinú, líder guerrero en lengua embera, que movilizó a su comunidad para hacer respetar sus derechos sobre los intereses de las multinacionales, a pesar de la amenaza paramilitar, que terminó por cobrar su vida.

El 2 de junio de 2001 en Tierralta, tres paramilitares secuestraron a Kimy Pernía. Una década después, el caso sigue en etapa previa, sin avances, y no hay una sola persona vinculada por su muerte a la investigación. A pesar de que el 16 de mayo de 2007, en versión libre, el exjefe paramilitar Salvatore Mancuso relató a la Fiscalía que Carlos Castaño había ordenado la desaparición del líder indígena. Y como respuesta a la solemne comisión de búsqueda, de un millar de indígenas de varios departamentos, que se desplegó para rescatarlo, Mancuso habría ordenado desenterrar y arrojar al río Sinú su cuerpo. Por eso su caso está siendo  tramitado en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

Los indígenas lo recuerdan como un hombre ejemplar que se opuso al proyecto  hidroeléctrico de Urrá, a principios de los años 90. Un proyecto que hasta la Corte Constitucional reconoció como una inversión fallida en términos económicos, que contribuyó  al  desplazamiento  y la  división del pueblo embera katío del Alto Sinú.

El mismo Kimy  que viajó a Canadá y a Washington para hablar sobre el impacto de la represa de Urrá, y en 1995 organizó el Do Wambura (Adiós Río), una protesta de mil emberas que empezó en el resguardo Karagabí hasta Lorica, por el río Sinú, y se constituyó en la primera protesta masiva del pueblo embera katío, por la que se iniciaron las primeras negociaciones con el gobierno y la empresa Urrá S.A. Kimy, el que movilizó la Gran Marcha Embera, que salió de territorio indígena el 29 de noviembre de 1999 y que estuvo frente al Ministerio del Medio Ambiente hasta el 26 de abril de 2000. 

Ayer, la organización Jenzerá y la Comisión Colombiana de Juristas presentaron en la Universidad Nacional el libro que conmemora su vida y trabajo: Kimy, palabra y espíritu de un río. Además, se denunció la grave situación que vive el pueblo embera katío del Alto Sinú, en medio de continuas amenazas y en condiciones precarias de salud y alimentación. A esto se suma el temor de siempre: la construcción de la segunda parte de Urrá, que se sigue impulsando, a pesar de que el Gobierno Uribe se comprometió en 2005 a no adelantar este proyecto, que requiere la inundación total del resguardo indígena.

Pero entonces volverá el espíritu de Kimy, para recordarles a los emberas que deben mantenerse unidos, porque como dijo frente a los parlamentarios canadienses una vez, “los bienes comunes de mi pueblo no tienen precio”.

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