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Hizo falta poco menos de un año para que la confianza mundial volviera a tambalear con miedos serios.
Turquía se encontraba al borde de integrarse a la Unión Europea en un avance significativo entre diplomacias que parecían distantes, hasta el intento del golpe militar del 15 de Julio y la retoma sangrienta del poder del ahora todopoderoso Erdogan; Occidente parecía sustentar aún más sus proyecciones humanas en la UE a pesar de los dilemas de la inmigración, hasta el estallido del Brexit; y Medio Oriente pretendía finalizar con ISIS replegándolo a los rincones de la esfera pública con los bombazos de los aliados, hasta el estallido mismo del monstruo que se repliega en toda Europa sin que haya nadie que proponga un método eficaz para extinguirlos.
Tambalea el mundo, como ha tambaleado siempre. Pero la paranoia creciente, la xenofobia intensa y la supuesta necesidad de la fuerza que pregonan los gobiernos tradicionalmente pacíficos junto al rugido del radicalismo religioso no aparentan ser los síntomas tradicionales de una fragilidad natural.
Lo sucedido en Turquía atiza más pólvora en la caldera de una geopolítica dinamitada. El conocido tapón entre las fuerzas dinámicas de Europa y Asia acaba de convertirse en el bastión del nuevo dictador oficial del mundo. Recep Tayyip Erdogan ha retomado el mando apresando 16.000 sospechosos del golpe por la supuesta alianza con el clérigo Fethullah Gulen, por quien el nuevo Dios ha desafiado a Obama con una perentoria extradición o con la espera de las consecuencias en caso de una negativa, tensionando una relación que estaba en sus romances hasta el día en cuestión, y que tiene visos de estallido si el ascenso del también nuevo Dios Donald Trump logra el trono de los tronos para afinar el brío de los rugidos.
131 Medios de comunicación eliminados; 50.000 despidos en instituciones públicas; 40 periodistas presos; 15 universidades clausuradas; Erdogan tiene la excusa perfecta para afianzar la dictadura que ya estaba gestando antes de la rebelión, y es por eso que no resultan extrañas las teorías de un autogolpe como lo hicieron muchos en los largos siglos del ego plenipotenciario para afianzar la idea de la necesidad de la fuerza.
Aunque los eventos del 15 de Julio se encuentran aún en discusión, no deja de ser cómico que los pelotones golpistas no hayan sitiado ninguno de los lugares de autoridad civil para frenar el poder integral, no decidieran atacar el hotel en que se encontraba veraneando el objetivo protagónico, y no hayan tenido la alianza de los altos mandos militares, como suele suceder en los intentos serios. Por lo que estaríamos hablando, en caso de un golpe apresurado y no conspiratorio, del intento golpista más original entre todos los registros conocidos.
Turquía ha caído bajo una caza de brujas sin pudor. El contexto le entrega al nuevo dictador ufanado de sus argumentos toda la plataforma racional para ejercer sin nervios lo que antes evitaba hacer por temor al estigma. Su fijada obsesión con la imponencia del Islam sobre una tradición laica no tendrá reversa, y sus intentonas por controlar el uso de internet las convertirá en la mejor excusa para evitar otra traición, aunque haya sido la misma red la que lo reveló al mundo cuando huyó, o simuló huir, a algún lugar en Estambul para incitar a sus tropas civiles a revelarle el amor en público.
Con el puente asilado entre Europa y medio Oriente, y el ascenso de las nuevas derechas también favorecidas por los argumentos de la protección, el mundo parece volver al círculo vicioso del espanto mutuo, y al método antiquísimo del golpe prematuro por prevención.
Si la coyuntura es lógica, en noviembre llegará Trump, y será histórico el festín de los ladridos, a 16 años del nuevo milenio.