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Hace poco, en el programa de televisión del famoso cómico Jimmy Fallon, apareció un invitado de sorpresa para destacar, cantando, los muchos logros del gobierno actual de EE.UU. Y el invitado de honor era nadie menos que el presidente Barack Obama.
De todo lo que se dijo, y fue bastante y lleno de sustancia, quizá lo más gracioso fue una nota de agradecimiento que Obama le escribe al Congreso de su país. Le quiero dar gracias a la bancada de la oposición, anotó, por durar ocho años tratando de cambiarme por un republicano (en seguida apareció a su lado una foto de Trump, furioso y vociferante). Luego preguntó con una sonrisa guasona: “¿Cómo les parezco ahora?”. El público estalló en risas y aplausos. Y siguió otra nota todavía mejor. Escribió Obama: “Le quiero dar gracias a mi exitoso lema de campaña, Sí se puede, o, como lo digo ahora, Sí se pudo”. El público reventó otra vez en risas y aplausos.
Lo cierto es que sí se pudo, pues durante este gobierno es mucho lo que se ha hecho. Y quizás lo más injusto y pernicioso de la campaña del peligroso racista Donald Trump es su ninguneo de los éxitos de Obama. De acuerdo: mucha gente aún sigue desempleada y la recuperación económica ha sido más lenta que tras otras crisis anteriores. Pero decir que el gobierno de Obama ha sido un fracaso es tapar el sol con las manos, porque su lista de logros y aciertos, a pesar de tener un Congreso de torpedeo y una oposición de tierra arrasada, es admirable.
Más de 20 millones de personas adicionales ahora tienen seguro de salud, y además con una ventaja trascendental: las compañías de seguros ya no le pueden negar la póliza a una persona debido a sus condiciones preexistentes. Antes, las firmas cobraban tanto por amparar a quien tenía una condición crónica de salud, que el seguro era impagable y muchas veces la gente moría por una razón infame: porque no podía costear una póliza de salud. Eso se acabó con el programa de Obamacare.
De otro lado, una de las mayores cantaletas de Trump es que la economía del país va mal. Eso es falso y es fácil de refutar. La economía gringa está creciendo dos veces más que la de Europa y tres veces más que la de Japón. Y el desempleo, que Obama recibió en más del 10%, ahora está por debajo del 5% (no olvidemos que en las pasadas elecciones Mitt Romney prometía, como una hazaña, reducir el desempleo al 6%). Y no sólo eso: Obama rescató la industria automotriz, salvó al país de la peor crisis económica desde los años 30 y rechazó las nefastas políticas de austeridad que implementó Europa, y cuyo precio sigue pagando el viejo continente. Además, gran parte de lo que dice Trump sobre la economía es ridículo, empezando con su propuesta de reducir sueldos, cuando los expertos de la materia coinciden en que, por el contrario, los sueldos gringos están demasiado bajos. Y su idea de construir un muro entre EE.UU y México sería una catástrofe, y no sólo por razones humanitarias sino económicas, pues destruiría el mercado con el tercer socio comercial del país.
Es normal que en toda elección el candidato se presente como un héroe o un salvador. Pero lo que no se vale es mentir y tergiversar los problemas para luego decir que él los podría solucionar. Eso es lo que hace Trump, y como todo lo suyo, no pasa de ser un farsa y una mentira.