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Gustavo Yacamán camina relajado por las calles de Baltimore, con un maletín a cuestas. Lo hace acompañado de su entrenador de manejo (coach driver) Alex Lloyd, quien fuera campeón de la Indy Lights en 2007, como cualquier jovencito que está de visita en la Bahía. Pasa muy cerca del Oriole Park, el imponente estadio que aloja al tradicional equipo de béisbol de los Orioles, pero no le presta mayor atención. Su mente está puesta en la carrera en las calles de esta ciudad, que según cuentan ha perdido la importancia del pasado y por ello las autoridades están invitando a las personas a que vengan a habitarla, ofreciéndoles diferentes incentivos, entre ellos el de una rebaja de impuestos.
Hace calor, pero a él parece no interesarle, pues viste una camiseta de algodón y pantaloneta, el traje ideal para el clima y para cualquier turista que desea disfrutar de la ciudad. Pero Yacamán no es un visitante más, pues El Tigrillo, como se le conoce en las pistas, es uno de los protagonistas de la Indy Lights, en la que desde ayer ocupa la tercera posición, tras un año lleno de satisfacciones, en el que ha logrado dos victorias, precisamente en otros dos circuitos callejeros (Toronto y Detroit), además de cinco podios, con el segundo puesto de ayer, seis top 5, nueve top 10 y una pole.
Cuando llega a la recta principal y escucha el sonido de los Star Mazda, una categoría inferior, su atención se fija de manera inmediata en un resalto inevitable que se produce en el lugar donde reposan los rieles del tren de la ciudad y graba el paso de cada uno de los vehículos que transitan por esa zona, con la intención de compartir minutos después la información con los ingenieros de su equipo, el Team Moore Racing.
Es el primero en llegar al camión y como ‘Pedro por su casa’ saca de su maletín las llaves para abrir la puerta de la imponente máquina, que durante el fin de semana prácticamente, se convierte en su morada. Retira una bicicleta de color blanco con verde, en la que se lee en el marco el apellido Yacamán, que es la que le sirve para transportarse en el circuito. Y, después de ello, comienza a revisar detalles para lo que será su cita en el trazado.
Esta rutina se ha repetido muchas veces en los últimos cuatro años, cuando de Europa vino a recalar en la Indy Lights. Pero todo está por cambiar. No sólo porque apenas le queda una carrera a esta temporada, sino porque su historia en la categoría ha terminado. Y él y toda la gente que lo rodea, lo saben. Así como también que su nombre, en estos momentos, aparece en la carpeta de uno de los equipos más importantes de la IndyCar, al que podría llegar a los 22 años de edad para escribir muchas historias.
Y es quizás ese profesionalismo con el que ha afrontado esta temporada lo que ha llevado a uno de los grandes a tenerlo en cuenta, como él mismo lo afirma. “Tal vez esos detalles han influido y ellos se han dado cuenta, además de mis resultados, de que soy un piloto que trabaja de la mano con todos los miembros del equipo y que siempre está enterado e interesado en qué está bien y en qué está mal. Yo estoy muy involucrado y gracias a ello hemos convertido a este equipo, que no era tan importante y de media tabla, en ganador. En los grandes tienen gente que les hace todo, pero pienso que a mí me ha servido mucho el hecho de estar pendiente de cada detalle. Considero que la relación con cada integrante de esta familia es fundamental y que eso se ve en los resultados. Así eran Senna y Schumacher que, en ese sentido, les llevaban ventaja a sus compañeros”.
Se va de la Indy Lights satisfecho, pues considera que “he tenido muchas enseñanzas y ya no soy el mismo de hace cuatro años, no sólo en el aspecto deportivo sino también personal. He aprendido a manejar las políticas que se dan dentro de un equipo y sé que eso es fundamental para cuando suba a la IndyCar”.
Esa seguridad para hablar sobre su siguiente paso obliga a una pregunta. ¿Ya se siente en la IndyCar? Y la respuesta se da sin ningún asomo de duda: “Sí, estoy preparado. Las horas, los kilómetros y las millas que hemos sumado me han permitido saber lo que tengo y sé que estoy listo, más aun cuando existe la conexión con un equipo importante, que me dijo que las puertas estaban abiertas. El tema es económico y después de que termine la temporada vamos a trabajar para conseguir el dinero faltante, pues es una oportunidad muy grande para mí y para el automovilismo colombiano, que no debemos desaprovechar. Cuando ya podamos hablar del nombre del equipo, vamos a tener una gran carta de presentación y sé que ello va a incidir en cualquier decisión. No van a entrar a una cueva oscura para ver si encuentran un tesoro, sino que se van a encontrar dentro de un edificio muy bien construido y que está en el top de la categoría”.
Yacamán hace un poco de silencio, dando la impresión de que está buscando las palabras adecuadas para continuar, tal vez porque cree que lo que va a decir es muy importante para su carrera. “Yo les digo a todas las empresas que no van a invertir en un desconocido ni en una organización cualquiera. Lo van a hacer con un piloto profesional y con un equipo que ha ganado muchas carreras y que siempre está para pelear el campeonato”.
Así las cosas, y si lo que por ahora reposa en unos correos (entre el equipo y su padre Gustavo), como lo pudo comprobar El Espectador, se hace realidad, la fiebre que se vivió a finales de los 90 con Juan Pablo Montoya podría revivir.
El trabajo lo llama y Yacamán se retira. Lo hace con seguridad y con pasos firmes, con la frente en alto y con la seguridad de que muy pronto dará el gran salto, ese por el que ha esperado durante cuatro años y miles de kilómetros recorridos….