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Había ahorrado para comprar la cámara. El costo: “un ojo de la cara», así es que cuando se presentó la oportunidad del safari, vi el momento para aprovechar la inversión.
La llegada a la reserva Djuma, en Sudáfrica, tiene algo de sorpresivo para los primíparos en safaris como nosotros. Desde Johannesburgo se toma un avión pequeñito para unas 15 personas. Luego de una hora de vuelo aterrizamos en una pista con unas instalaciones muy sencillas. Allí con maletas y todo, a 35 grados a la sombra, esperamos que otro avión o más bien una avioneta pequeña con capacidad para 6 personas nos recogiera para cumplir el trayecto final. El piloto y copiloto de la avioneta se encargaron de subir las maletas y luego bajarlas. Despegamos y volamos a una altura desde donde se podían ver con mucha claridad las copas de los árboles. Después de media hora llegamos a nuestro destino.
Nos estaban esperando con un jeep muy grande, que en lugar de asientos tenía como grandes bancas para acomodar unas 3 o 4 personas en cada una.
Las reservas son lugares espectaculares, quizás como se las imagina uno en las películas. En plena selva, la nuestra estaba cerca al parque Kruger, la reserva más grande del mundo, del tamaño de Cundinamarca.
Los días siguientes fueron trayendo sorpresas y sustos. El lugar donde nos hospedamos tiene unas instalaciones muy confortables donde hay reglas claras para evitar accidentes, como por ejemplo no salir por la noche sin una persona o guía que nos acompañe, o cerrar bien las puertas pues los micos ya saben cómo abrirlas y pueden hacer desastres en la habitación.
Nuestro primer día de safari fotográfico comenzó en una mañana muy temprano. Nos reunieron en el sitio donde el guía explicó cómo debíamos actuar: en el jeep mantenerse siempre sentado, no bajarse de él, ni hacer ruidos que vayan a molestar a los animales.
El guía, a quien de ahora en adelante llamaremos jefe, era un hombre alto, imponente, hijo de un personaje importante de alguna de las múltiples etnias que pueblan Sudáfrica. Terminó sus explicaciones y procedió a iniciar el recorrido
No fue sino que dijera las últimas palabras cuando ya estaba en el lugar que consideré el mejor, cerca al jefe. Pensé para mis adentros: las mejores fotos las saco aquí. Ya me imaginaba mi fama como fotógrafo cruzando fronteras.
Al poco llegamos a un territorio con una manada de elefantes enormes. El jefe paró el jeep. Apenas nos vieron, el más grande nos embistió y el jefe le dio arranque al vehículo. El sonido lo detuvo. Quedó a unos 20 metros de donde yo estaba sentado y embistió de nuevo. Otra vez paró a unos diez metros de mi asiento. Lo tenía enfrente, me parecía enorme. Nuestro guía nos explicó que no había que mostrarles miedo, era cuestión de territorio.
-Hermano -con confianza le dije al jefe- si el arranque no funciona, esta mole que tengo en frente me «borra»-. Es que ni me atrevía a hacer contacto visual con la bestia, va y no le gusta-. Oiga jefe ¿tiene plan B?
Me señaló con los ojos una varilla al pie del asiento, lo que no me dejó nada tranquilo. Más tarde me explicó que no era para agarrarse a varillazos con el elefante, sino para pegarle a las latas del jeep y así hacer el ruido necesario que demostrara la fortaleza del intruso.
Seguimos y mas adelante encontramos una manada de leones descansando debajo de un árbol. El desayuno había sido un búfalo. Estaban bostezando como alguien que quiere echarse una siestecita. Llegamos con el jeep y nuevamente de mi lado, muy pero muy cerca, me quedó un león que seguía bostezando. Le veía todas las muelas al gato. El jefe tranquilo, súper seguro. Apagó el jeep mientras todos tomaban fotografías menos yo. Es que estaba prácticamente como si me hubiera sentado a comer búfalo con el león.
Susurrando comencé a hablarle nuevamente al jefe que me miró con esa cara de «hola, que tipo tan cansón».
-Hermano, yo sé que hago mucha pregunta, excúseme, pero ¿y si se quedaron con hambre? Es que mire -traté de bajar la voz al máximo- al primero que se sirven es a mí.
Son momentos en que la creatividad lo empuja a uno a pensar en cosas como “el turista gordito, sentado en diagonal a mí, buena gente, tranquilote, relajado, estoy seguro que le encantaría al felino en lugar de la fibra, rilas y carne con mucho stress que puedo tener yo”. Con el miedo, la imaginación desvaría. Vi la primera dentellada y obvio la cámara que con tanto sacrificio había conseguido, en la barriga de un león. Salí de este trance dramático cuando el jefe comenzó la explicación: los leones no nos distinguen por el olor que despide el diésel del jeep y, en consecuencia, somos sólo una imagen de algo que poco les atrae. De ahí la razón que le piden a la gente no pararse o moverse para no llamar la atención al animal.
¿Quién no ha pensado en una ducha sensual, en la mitad de la espesura de la selva, entre los árboles y vegetación exuberante? Pues bien, cada búngalo la tenía. Algo privado, escondido, casi libidinoso. Manejando este tipo de sensaciones comencé a sentir que el agua caía en forma muy agradable sobre nuestros cuerpos. Todo bien hasta que una familia de micos, papá, mamá e hijitos, decidieron que éramos el espectáculo circense de las mañanas. Y durante los días que permanecimos se aparecieron a la hora precisa. Hombre, la verdad es que eso inhibe un poco.