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Refrendar un pacto

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Parece cómico y ficticio, pero la democracia, en su pretensión romántica de equilibrios y ecuanimidad, debe ahora decidir en votación abierta un derecho fundamental, aunque no debería hacerlo por ser precisamente un derecho que debe existir sobre toda opinión o debate. En poco tiempo se le entregará a un país odiado hasta las vértebras la opción de aceptar o no el final de su propio conflicto.

Aunque existe un umbral, decretado por razones obvias de resguardo a un derecho supremo, el riesgo no deja de ser alto. La retórica y las malas intenciones rayadas en la perversidad mitómana alrededor del plebiscito y de la refrendación del dialogo son legión, y están sustentadas entre las visiones del miedo y del odio que permanece aún contra todo lo que no huela a tradición.

La mentira frívola más insistente pregona la venta del país a los supuestos pulpos de la vieja URSS que siguen dominando el mundo entre fantasmas, como lo escribía en la columna anterior sobre el disparatado Plinio, que sigue viendo dinosaurios en la modernidad y alertando al mundo de sus nuevas arremetidas sobre la tierra. La segunda, un poco menos lunática pero igual de surrealista, es la teoría de la impunidad que la oposición al proceso, digna de  absolutistas negados a aceptar nada que se encuentre bañado por la verdad más prístina, se niega a concebir porque desea con la mano solemne en el corazón que todo sea puro y se revele sin tachas, que la guerra termine como debería terminar en los deseos, sin dudas, sin peligros, sin miedo, sin estigmas, sin rabia, sin márgenes de impunidad.

La Historia de la humanidad ha sido lo suficientemente sangrienta y salvaje para que aún existan ingenuos que pretendan refrendar un pacto si y solo si la justicia haya operado como operan los sueños: con los grilletes puestos a los precisos entre seis décadas de confusión y rearmes, y con la libertad a los héroes que replegaron la catástrofe aunque la hayan atizado. Todos los procesos de paz de la historia, por razones que deberían ser obvias pero que hay que explicar porque lo obvio parece omitirse entre la sevicia, pactaron el fin de sus conflictos con concesiones y cabezas gachas, con los orgullos aplastados y con sus dogmas deshechos, incluido el dogma de la Justicia clásica; ese ideal también pretencioso de reparación colectiva con castigos ejemplares.

Seguramente por haber sido esta una guerra bucólica no existe la dimensión de la devastación y de lo que se derrumba cuando los grifos de sangre no pararon por 60 años mientras la corrupción y los efectos colaterales del desastre acababan con todos los cerebros y todos los sentidos.

Después de una guerra no sobreviven verdades ni ejemplos ni ángulos exclusivos de comprensión. Queda la humillación entera y compartida, el dolor sin palabra, la posibilidad de narrar lo que fue con todos los protagonistas rendidos, con los lenguajes inermes, y la probabilidad de construir una nueva historia sobre el polvo.

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