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Uribe y la paz: un entierro de primera

Santiago Gamboa
22 de julio de 2016 – 03:12 p. m.

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La pasada encuesta sobre intención de voto en el plebiscito da una rotunda victoria del sí, lo que es apenas lógico y va de acuerdo al sentido común más elemental. Lo contrario sería francamente anómalo.

Sería la primera vez que una comunidad humana optara por seguir con una guerra que no necesita y que, además, no puede ser ganada por ninguno de los bandos. Algo no sólo contrario a la lógica, sino sobre todo a la sensatez. Tanto que si el pueblo colombiano votara masivamente por el no se haría merecedor, de forma colectiva, del premio Darwin 2016, que cada año destaca, entre otras cosas, la “asombrosa falta de sensatez”. Pero los colombianos no son tontos y por eso, por muy de derecha que sean, incluso por muy uribistas que hayan sido, acabarán aceptando la paz ya negociada.

He encontrado a muchos uribistas que dicen: “Uribe se está enloqueciendo, esta guerra hay que pararla”. Han entendido que la paz es algo que los va a beneficiar, una premisa tan elemental que realmente clama al cielo. Otros dicen: “Uribe quiere morir matando, como los escorpiones, y se le va la mano”. Son frases que he oído. La verdadera división del uribismo es esa: entre los uribistas que ya abrieron los ojos y los que seguirán ciegamente a su líder, como el mulo hacia el abismo. “Con qué seguro paso va el mulo hacia el abismo”, dice el poema. El que una encuesta dé un 74 % al sí evidencia que muchos uribistas ya se decidieron por la paz, comprendiendo que así no les guste Santos, es necesaria. Ya habrá tiempo en la política futura para oponerse y seguir en la lucha, pero ahora hay que apagar el incendio.

Uribe ya no se puede bajar del tigre porque éste se lo come, así que tendrá que seguir montado encima, agarrado de las orejas, hasta que el tigre lo tumbe, que es lo que va a pasar el día del plebiscito. Su insistencia por el no será el acto final, su gran entierro de primera en el mundo de la política. Haberle pedido a su gente salir con camisetas negras el 20 de julio podría sugerir incluso que se trata de un paciente psiquiátrico, y por eso la mayoría de colombianos, con su voto, le dirán: “Descansa en paz en tu finca y dejá de joder, hombre Álvaro, los tiempos han cambiado, dedicate a criar nietos o becerros en el Ubérrimo”. La historia lo recordará, en el mejor de los casos, como ese extraño personaje que quiso prolongar la guerra en Colombia sin que fuera necesario, y todo lo demás, incluso los años de cárcel que pagará —o no pagará— su hermano, serán olvidados, lo mismo que se olvidarán los muchos libros de José Obdulio en los que intentará recordar la victoriosa senda del uribismo.

Porque en el futuro inmediato, tras el acuerdo de paz, Colombia no se convertirá en una dictadura castrochavista, como ellos predijeron, ni fusilarán a los ricos ni quemarán las iglesias, como aseguraron, ni se obligará a los jóvenes a hacer el matrimonio gay, como tanto temía ese otro oscuro personaje santandereano, cuyo olvido será aún más expedito. Nada de eso pasará, porque todo eso existía sólo en las cabezas calenturientas de ellos, ese grupo de personas que, en un momento clave de la historia, cuando la casa estaba en llamas, querían convencer a los inquilinos de que lo mejor era votar en contra de apagar el incendio.

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