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Las palabras que desnudan

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Voy a hablar de poesía en la columna de hoy porque así suene a lugar común, es el oficio, discurso, acto o actitud que conserva su dignidad muy a pesar de sus hacedores, los poetas embalsamados.

La poesía, en horas indignas como las que vive este país que no sabe para dónde va, acude para prodigar serenidad y versiones que se acercan a la certidumbre y a la honestidad.

Sabido es que todo arte necesita del espíritu poético para ser arte. La emoción que nos despierta una canción; la identificación con la historia, las imágenes o un personaje del filme que transcurre ante nuestros ojos asombrados; el arraigo y  la universalidad que nos hace volver una y otra vez a ese cuento o a aquella novela; el impacto y el viaje hacia nuestro interior que la luz o la oscuridad de un cuadro nos brinda; el afán de capturar en una fotografía la totalidad de la belleza de una construcción; la levedad alcanzada en ese eterno instante en que se es ave, gracias a la destreza de los pies danzarines…todo, todo ello se lo debemos a la sutil y poderosa poesía, que no se limita al verso escrito, sino a todo acto que desee llamarse arte.

La poesía debería ser un oficio más popular en un país como Colombia en el que existen todo tipo de absurdos y paradojas. Pero nada, aquí campean el caos y la incertidumbre sin que sepamos cómo conjurarlos. Pienso en Wislawa Szsymborska que fue más allá de la conformidad y nos legó la inquietud de pensar la vida desde las diversas caras de los hechos e ideas establecidas de manera infame.  Ella hizo del lenguaje una oportunidad de quitarle la máscara a las palabras que suelen ser  perversas en su aparente mansedumbre y nos dijo sin pretensiones, pero con sumo acierto:

Cuando pronuncio la palabra Futuro,
la primera sílaba pertenece ya al pasado.
Cuando pronuncio la palabra Silencio,
lo destruyo.
Cuando pronuncio la palabra Nada,
creo algo que no cabe en ninguna no-existencia.

Pienso en esta mujer que supo  hacerse las preguntas sobre las llamadas insignificancias; que supo ponerse en lugar del gato abandonado y no del amo que abandona; que imagino a Hitler bebé y se desprendió del dolor causado para reírse y llamarlo con sarcasmo “Adolfito”. Cuánta falta nos hace desnudar a las palabras, esas putas que sirven a Dios y al diablo, como dice la poeta María Mercedes Carranza.

En un país como el nuestro, con incoherencias a cada paso, hace falta la poesía para desenmascarar a los impostores, en especial a esos que usurpan el verdadero sentido de las palabras para fines caóticos; para desenmascarar a  los que esgrimen palabras como absolutos y al nombrarlas las violan: justicia, mujer, paz, equidad, educación, pan, sol, verde, día, trabajo. Palabras como todo, desnudada sin rubor por la poeta polaca: Todo:/palabra impertinente y henchida de orgullo./ Habría que escribirla entre comillas./Aparenta que nada se le escapa,/que reúne, abraza, recoge y tiene./ Y en lugar de eso,/no es más que un jirón de caos.

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