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Recibimos una carta sobre la utilidad del tren.
El tren
El largo paro de las asociaciones de conductores de tractomulas en Colombia ha estado aderezado diariamente por cifras que dan cuenta de lo que ha sido, en los dos últimos dos decenios, el crecimiento exorbitante de un medio de transporte de carga que debería ponerse en tela de juicio. Colombia es un país de pocas vías de comunicación terrestre, saturado por camiones que han adquirido, de hecho, la exclusividad del uso de unas vías todavía precarias. Y a pesar del evidente esfuerzo del gobierno del presidente Santos por ampliar la red vial, sigue siendo ostensible la asimetría entre el volumen de vehículos de carga y la cantidad y calidad de nuestras carreteras.
Los especialistas en economía han invocado, durante este largo y ya trágico paro, la racionalidad como premisa para la negociación y para el debate sobre el transporte de carga. La racionalidad proviene, dicen muchos de ellos, de las leyes del mercado. La competitividad, por ejemplo, es una invocación constante. Sin embargo, un argumento ha estado ausente en tantas discusiones diarias acumuladas. Casi nadie evoca o invoca la importancia del tren como el medio quizá más eficiente (y racional) para el transporte rápido de altos volúmenes de carga. Hablar del tren ahora es algo así como mencionar la soga en la casa del ahorcado.
La dirigencia política y técnica de Colombia olvidó la eficacia del tren que alguna vez atravesó amplias zonas de nuestro paisaje. La historia contemporánea de Colombia refiere que alguna vez el tren fue, para ingenieros, economistas y políticos en general, el gran símbolo del progreso. Alrededor del tren se construyó una épica de la inserción del país en la economía mundial. Su belleza metálica fue exaltada por poetas e inspiró crónicas sobre los nuevos hábitos colectivos. Gente reunida en estaciones, viajeros que podían leer sentados, la brisa que arrullaba aquellos rostros que contemplaban el paisaje. El país que vivió con el tren ha ido desapareciendo y sólo quedan algunas edificaciones vetustas que hablan de un lejano esplendor.
Los análisis presuntamente racionales de nuestros economistas no alcanzan a evocar la importancia del tren, ni siquiera atisban un cálculo simulado al respecto; nuestra dirigencia política, que ha vivido o visitado tantos lugares del mundo, debería saber de los beneficios mercantiles del transporte por las vías férreas. Es cierto que hubo, en tiempos recientes, una tentativa fallida para recuperar la vía férrea entre Cali y La Tebaida (Quindío); la rápida muerte de ese proyecto habla de las pocas convicciones de quienes inauguraron el hecho —hubo discurso entusiasta del presidente Santos— y de las pocas energías desplegadas para sacudirnos de algo tan irracional como el montón de camiones que aplasta el débil asfalto colombiano a un promedio de veinte kilómetros por hora.
Y no hablemos solamente de los beneficios mercantiles. Nuestras ciudades serían menos feas y estarían menos atascadas si el tren, el tranvía y el metro hubiesen estado desde mucho tiempo en los sueños posibles de nuestra clase política. En ese país nuevo que estamos intentando soñar, en esa aún imaginaria nueva etapa de la vida colombiana, debe haber un lugar primordial para el tren y otros medios modernos de transporte masivo.
Gilberto Loaiza Cano. Profesor de historia, Universidad del Valle.
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