Publicidad

Escarbando

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

Las primarias de los partidos demócrata y republicano mostraron que el pueblo norteamericano suele ser superior a sus gobernantes, y que no se trata de una frase de cajón.

¿Qué queda de Bush en esa demostración de vigor del sistema político, en la que los partidos son para lo que sirven, es decir, para mover ideas, desterrar entuertos como el de la Guerra de Iraq, ponerles un límite a las ambiciones personales, darle opciones al relevo generacional?

¿No merece aplauso un país que afronta con pragmatismo sus propias limitaciones y, por primera vez, pone en la palestra demócrata a un negro y a una mujer, dejando atrás los estereotipos que los estigmatizaban?

¿No sobrepone acaso ese pueblo, por encima de sus diferencias, un sueño americano que se construye como una identidad inasible pero muy presente de nación, más allá de una simple entelequia de proezas personales (Shakira, Vives, Juanes, fútbol que se gana o que se pierde)?

Enfrascados en nuestras querellitas, ¿no somos los latinoamericanos prisioneros de nuestra incapacidad de pensar en colectivo?

¿No siente uno cierta nostalgia por la disciplina de partido frente a nuestros movimientos diluidos, los egos inmorales de nuestros políticos alborotados, las mezquindades decadentes de nuestra otrora dinámica Corte Constitucional?

¿No da grima ver que nuestras instituciones se están desmoronando mientras se recogen firmas, firmas y más firmas para adaptar la Constitución a una mesiánica voracidad de poder con cara de yo no fui?

Y en la otra orilla, ¿no era Tirofijo un caudillo monárquico, según la crónica de Luis Eladio Pérez, venerado por todos sus “inferiores”, que además tenía como pariente por afinidad a Reyes y decidía quién entraba a su círculo y quién no?

Para los gobernantes, y algunos de los que quieren serlo, o volver a serlo, ¿no es el poder un embrujo insistente, a veces maquiavélico, a veces ciego, casi siempre soberbio, casi siempre excesivo, alimentado por la ambición de subir o de ser el mejor, que se manifiesta con disfraces de izquierda o de derecha?

¿Los millones de gringos que siguieron a Obama, Clinton y McCain no le ponen coto a esas ambiciones porque, en vez de beneficios inmediatos de la política, le apuestan a la necesidad de sacar de la olla a su país?

Y si yo destaco esos valores ajenos, ¿me expulsarán del grupo de los que quieren el cambio para nuestra maltratada Colombia, más allá de una hueca Patria que tanto se menciona y tan poco se cuida?

La pregunta del lector:

¿Es posible que los finqueros de Antioquia y Córdoba no sepan lo que hacen sus vecinos? (Firma AAA)

mariateresaherran@hotmail.com

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido