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MIAMI.- Por lo menos en los últimos 20 años, las convenciones de los republicanos y demócratas, a pesar de todo, solían ser una fiesta. Ahora, hay demasiadas amenazas que ensombrecen el panorama de la feliz nominación de los candidatos: los más impopulares en la historia moderna de los Estados Unidos.
Hace una semana un veterano de Irak, afroamericano, utilizó su destreza con las armas y su locura para asesinar, en Dallas, a cinco policías. Al parecer su motivación fue el odio a los oficiales blancos. Dos días antes de ese atentado —calificado como el peor contra agentes del orden desde el 11 de septiembre de 2001— dos negros murieron a manos de la Policía, en Baton Rouge, Luisiana, y en St. Paul, Minnesota, lo que desató protestas en todo el país. Y aún está demasiado fresca la masacre en la discoteca gay, en Orlando, Florida, que cobró la vida de 49 personas.
Un personaje como Donald Trump decidió, ante el ataque terrorista en Niza, Francia, postergar el anuncio oficial de quién será su vicepresidente –compañero de fórmula— para enfrentar a los demócratas: el desconocido gobernador de Indiana, Mike Pence. Ya fuera por cálculo político, por consejo de sus asesores, por evitar que una noticia más fuerte empañe el lanzamiento de su flamante “ticket”, o por todas las anteriores, lo cierto es que la violencia armada, tanto de civiles como de uniformados, se ha convertido en la nueva realidad de todos los días de este país.
Esta vez las medidas de seguridad que se tomarán en Cleveland (donde se celebrará la convención republicana) no tienen precedentes. La amenaza terrorista —que ya está visto que puede ser ejecutada por un criminal solitario— se une a la posibilidad real de enfrentamientos violentos entre simpatizantes y opositores del hombre del copete naranja. Y adentro, en el recinto, al que puede entrar gente armada, siempre y cuando tenga licencia para cargar armas (la locura furiosa porque Ohio es un estado que permite portar armas a la vista de todo el mundo), puede haber serias confrontaciones entre los delegados.
Hay, por lo tanto, demasiados aguafiestas. El tema racial está encendido: una encuesta de CNN mostró que el 69% de los estadounidenses cree que las tensiones entre diferentes grupos étnicos están peor que nunca. El presidente Obama, que durante sus ocho años de presidencia ha tenido que ser testigo impotente de matanzas espantosas, dijo en una reunión que sostuvo con autoridades de Policía y con activistas afroamericanos, que no está nada cerca la resolución del conflicto racial en Estados Unidos.
Y para terminar de completar este panorama deprimente, en los últimos sondeos se incrementó la posibilidad de que Trump sea el presidente de un país con uno de los arsenales nucleares más grandes del mundo y la potencia militar aún sin competencia. La candidatura de Hillary Clinton sufrió un duro golpe con el informe del FBI en el que calificó a la exsecretaria de Estado de “extremadamente irresponsable” en el manejo que dio a correos electrónicos, que salieron y llegaron a su servidor personal, con información confidencial o secreta.
Cerca del 70% del electorado siente gran inseguridad con cualquiera de los dos candidatos. Uno por novato y botafuegos y la otra porque no inspira confianza. Ese es su punto frágil y los republicanos piensan llevar el tema de los e-mails hasta el ocho de noviembre, día de la elección presidencial.
El magnate inmobiliario carga también el peso de varios esqueletos en su abarrotado clóset. Todos ellos amenazan su victoria. Cómo será la cosa de seria, que algunos vieron hasta con nostalgia el bailadito de George W. Bush, en plena ceremonia en memoria de los cinco policías caídos en Dallas. No hay duda: nada como los payasos de antes, los que dejaron el terreno abonado para la tragedia. Porque los de ahora son de verdad siniestros.
@sergiootalora