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Age of Stupid

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Es enemiga de los derechos humanos, pero los medios que nos dicen lo que debemos creer en esta edad de la estupidez prefieren llamarla “nueva dama de hierro”.

Su nombre es Theresa May. Pasará a la historia como la última primera ministra de Gran Bretaña y la primera de la Pequeña Inglaterra. En el pasado pedía que su país abandonase la Convención Europea de Derechos Humanos por considerarla una cadena que somete la “independencia” del antiguo imperio. En el desunido reino post-Brexit, semejante desatino parecerá una conclusión lógica.

Tanta ilustración no es cosa nueva. Ya en el 2011, la entonces ministra del Interior declaraba a la “simple criminalidad” causa de los violentos disturbios de agosto ese mismo año. Poco importó que un estudio publicado por la London School of Economics concluyera que la motivación debía encontrarse, mas bien, entre el resentimiento evidente en las calles de los barrios pobres y las mal llamadas minorías contra la brutalidad policíaca, y un profundo sentido de injusticia ante la desaparición de derechos: la educación y la vivienda.

¿Pero a quién le importa lo que digan los expertos?, preguntó hace días su copartidario Michael Gove. Uno de los instigadores del Brexit, Gove, a la sazón ministro de Justicia, se reveló también como siniestro conspirador al traicionar a su copartidario Boris Johnson. Herido de muerte por su compañero, Johnson debió retirar su candidatura. Ello le abrió el camino a May.

Al despedirse de su lugar en la historia, Johnson, quien a su vez había traicionado a su excompañero David Cameron, citó el Julio César de Shakespeare. Ni el bardo se salva de la estupidez generalizada. May ha dicho que Gove podría tener un lugar en su gabinete.

“La soberanía británica frente a Europa y los derechos humanos”, la “simple criminalidad”, la defensa de una autoctonía carente de realidad, el desprecio por la crítica verdadera y justiciera, y la traición a diestra y siniestra –pues también en el laborismo se cuece una traición brutal contra su líder y la mayoría que lo eligió– parecen ser los signos de esta nueva era.

También los hemos visto en Latinoamérica. Los instigadores del golpe contra Dilma Rousseff en Brasil, del cual poco y mal reportan los medios. Los culpables de la tragedia humanitaria en Colombia, quienes ahora profetizan y azuzan la de los vecinos. La tragedia de las comunidades organizadas en Venezuela, que los medios y las medias verdades de los políticos convierten en farsa. Los evasores fiscales argentinos, ahora en el poder. El racismo estructural en las Américas.

Ya lo dijo el poeta Dambudzo Marechera tras los riots de Brixton en los ochentas: “Por una sola vez en mi vida negra, explotaron en mí átomos como átomos de poder”.

No hay que ser iluminado para predecir los disturbios que vienen.

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