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¿QUÉ VA A HACER COLOMBIA DESPUÉS de la previsible destrucción de las Farc, un proceso que felizmente terminará en pocos años?
Una propuesta ya está en el ambiente: reelegir indefinidamente la Seguridad Democrática para que mantenga la “mano fuerte” y no deje crecer de nuevo a la guerrilla.
Este planteamiento es simplista. Cuando el problema de las Farc quede atrás, el país tendrá que enfrentar una serie de complejos asuntos, descuidados y acumulados en los últimos años, en el fragor y la urgencia de los asuntos de la seguridad.
El primero, fundamental, es el del narcotráfico, un fenómeno sin el cual no se habría presentado la peste guerrillera y paramilitar. Colombia, al borde de la época posfarc, sigue siendo, de lejos, el primer productor de cocaína del mundo, con una oferta anual de más de 600 toneladas, un negocio con ingresos fabulosos que bien pueden financiar nuevas actividades del crimen organizado. Para atacar el problema en su fuente, es indispensable dar nuevas respuestas a asuntos como la fumigación, la sustitución de cultivos, el apoyo y la división internacional de las responsabilidades en esta materia. Los planteamientos tradicionales en estas materias están agotados y es necesario construir una nueva agenda.
Un segundo tema es el fortalecimiento de la justicia. El avance de la corrupción, el paramilitarismo, los fraudes electorales, los atropellos y delitos contra miles de personas no habrían sido posibles sin el debilitamiento estructural del aparato de justicia, causado, en buena parte, por el mismo narcotráfico (esta crisis no puede ocultarse detrás de las valerosas decisiones de la Corte Suprema, más bien aisladas frente al panorama general de impunidad). Una de las prioridades de la era posfarc sigue siendo la construcción de un sistema de justicia eficaz, al servicio de todos los colombianos.
El país requiere de una política exterior moderna e independiente, impulsada por un servicio diplomático sofisticado, capaz de adelantar una nueva agenda con el Estados Unidos de la era posBush, los vecinos y, en general, la comunidad internacional. Los desafiantes problemas diplomáticos del futuro no podrán enfrentarse con los precarios y debilitados instrumentos con que se cuenta en la actualidad.
En medio de un auge sin precedentes de los flujos internacionales de capitales, Colombia (al igual que Argentina y Venezuela) ha dejado pasar una preciosa oportunidad de dar un salto hacia delante en el desarrollo de su infraestructura con el apoyo de los capitales privados. Este será uno de los grandes lunares de los dos gobiernos del presidente Uribe. Es urgente que el país desarrolle rápidamente los corredores viales necesarios para romper los crónicos cuellos de botella que impiden el desarrollo económico.
El país debe enfrentar sin demora los problemas relativos a la desigualdad, la iniquidad y la pobreza. Además de una efectiva política social, la prioridad debe ser la de garantizar una efectiva igualdad de los ciudadanos ante la ley y una igualdad real de oportunidades. El populismo no puede convertirse en un sustituto de políticas estructurales en estas materias.
Es equivocado, en síntesis, el planteamiento de que el país necesita seguir anclado en lo que le fue útil para solucionar un problema que pronto va a quedar atrás (las Farc). Al tiempo que mantiene su determinación de enfrentar con decisión a cualquier actor armado irregular, de conservar una política de seguridad, sus energías deben dedicarse a resolver problemas centrales, soslayados por los afanes de la guerra. Fue con esta consideración que, en 1945, los británicos derrotaron a Churchill, quien los había llevado a la victoria contra Hitler, y eligieron clamorosamente a quien sí les ofrecía soluciones a sus acuciantes problemas sociales: Clement Attlee.