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AL COMIENZO NADIE ENTENDIÓ nada. En el apacible pueblo de Sauze d’Oulx, ubicado en la cordillera nevada del noroeste de Italia, en donde se celebraban los Juegos Olímpicos de Invierno del año 2006, se produjo una violenta riña callejera que alarmó a todos.
Sin embargo, el desconcierto fue todavía mayor cuando se supo que el causante del alboroto era Jeret Peterson, el campeón norteamericano de esquí de 24 años, y miembro del equipo olímpico de su país desde los 16. Borracho, el atleta peleaba a trompadas con uno de sus mejores amigos cuando llegó la policía. Al final, Jeret le partió al otro el labio y un diente, y lo derribó de un puñetazo. Luego se supo que esta virulencia no era nueva en el joven deportista.
El escándalo fue grande y la sanción inmediata. El Comité Olímpico estudió el caso y expulsó a Jeret de los juegos. Ese día del percance, él ocupaba el tercer lugar en la competencia de esquí estilo libre, y había ejecutado la pirueta que lo hizo famoso: el huracán. Es la maniobra calificada como la más peligrosa, y es casi suicida: el esquiador se lanza por la pista sin bastones en una caída poco menos que vertical, alcanzando velocidades de más de 45 millas por hora y, al coronar la cresta de la rampa, salta 50 pies en el aire para hacer tres vueltas de campana y cinco giros completos, como la hélice de un helicóptero, y entonces cae, milagrosamente, de pie en la pendiente y sigue esquiando hasta la meta final. No obstante, en la última prueba del día, Jeret había caído mal. Los jueces le quitaron puntos, y él descendió a séptimo lugar.
Lo que nadie entendía era cómo un atleta, por joven que fuera, estropeara su mayor sueño de esa forma tan tonta, y menos cuando había competido mil veces antes. Perder y ganar, para él, eran parte del oficio. Pero cuando Jeret acudió a la prensa para pedir disculpas y aceptar sus errores, se filtraron los detalles de su vida, y entonces todo se hizo claro. Ahora nadie entendía cómo esos reveses no le pasaban más a menudo.
La vida de Peterson parecía marcada por la tragedia. De niño fue abusado por alguien que él todavía no delata. Luego, a los 5 años, su hermana murió atropellada por un conductor ebrio. Meses después, su tío falleció a causa de una enfermedad derivada del sida. Y en el año de las olimpiadas, su compañero de dormitorio, Trevor Fernald, en el instante en que Jeret entraba por la puerta, tomó un revólver y, mirándolo a los ojos pero sin decir una palabra, se voló la tapa de los sesos. Su amigo murió en sus brazos, con la cabeza abierta en dos por el balazo.
En fin, quizá lo relevante de su historia es que Jeret practica un deporte extremo para reconciliarse con la vida. Sus saltos audaces son fruto de su dolor, ha dicho, pues es el combustible que lo incita a volar cada vez más alto. Así, en vez de considerarse una víctima de su pasado, lo utiliza para vencer sus propios límites. Unos se suicidan por sus traumas, dice el joven. Otros caen en las drogas. Mi salvación y mi respuesta está aquí, y señala sus esquís. Por eso él inventa sus cabriolas artísticas. Tal vez no es el camino que yo hubiera escogido, pero su caso me recuerda el de Colombia. Aquí los artistas hacemos lo mismo: respondemos a las tragedias creando. Basta mirar nuestro dolor de cada día y compararlo con el auge de las artes en el país. No es una coincidencia, ni una evasión a la violencia, sino una respuesta a la ésta. Como este joven esquiador, a veces nos salimos de madre, pero tenemos la tenacidad para combatir nuestros traumas haciendo piruetas en el aire.