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Javier Solana sería uno de los invitados indispensables a cualquier versión de lo que pudiese ser una junta directiva del mundo contemporáneo. Al mismo tiempo es uno de los pocos personajes mundiales que comprende en buena medida las complejidades de la vida colombiana.
Su procedencia socialista, combinada con su capacidad para descubrir los elementos útiles que pueda tener el recurso al emprendimiento privado, le dan además autoridad para interpretar con sensibilidad social, pero al tiempo con realismo y eficiencia, las opciones de desarrollo de un continente en busca de definiciones, como el nuestro.
El destino de la humanidad depende, a la larga, del liderazgo que ejercen personajes de diversa índole y procedencia, que obran como una especie de junta directiva que se ocupa, sin reunirse jamás, de abordar soluciones a los problemas fundamentales del sistema internacional. Políticos de profesión, empresarios, militares, líderes espirituales, escritores, diplomáticos y gobernantes, pueden formar parte de esa minoría en cuyas manos esta, bien que mal, el rumbo del planeta.
Las controversias no son ajenas a la deliberación permanente de esa reunión virtual de jefes de tribu. De los debates que entre ellos se suscitan salen las oportunidades de negocios, como las buenas y las malas acciones en el orden del respeto por los derechos humanos, la protección del ambiente, el manejo o la generación de los desastres políticos y económicos, y hasta las competencias en el orden estético, que siempre van ligadas a procesos más profundos, como los que tienen que ver con la eterna discusión sobre los elementos sustanciales de la felicidad.
El hecho de que Europa pueda, por primera vez en su larga y tremenda historia, actuar de manera armónica en la discusión de los grandes temas de la agenda internacional, tiene un valor enorme, no sólo para los europeos sino para el resto del mundo. Ya la Europa dispersa y conflictiva de los diez últimos siglos produjo consecuencias lamentables a lo largo de sus aventuras coloniales y de sus disputas sangrientas. Ahora es más respetada por sus valores democráticos, su sentido de la equidad y su ejemplo de asocio de voluntades nacionales bajo un modelo de integración del que todos vivimos pendientes.
La adopción de una política exterior y de seguridad común ha sido una de las claves de la irrupción, bienvenida, de una nueva Europa en el panorama internacional. La designación de Javier Solana para conducir dicha política se presenta ya como otro acierto. Y la perspectiva de que, más tarde, bajo el esquema de una Unión Europea cobijada por una Constitución y una institucionalidad más avanzadas, haya un canciller europeo, confiere todavía más confianza y deseos de que dicho esquema se consolide.
La experiencia de Solana al frente de la política exterior española en la época de Felipe González, la tarea realizada al frente de la transformación de la OTAN, a la que encontró nuevo oficio, y su aporte a las causas de la nueva Unión Europea, permiten afirmar que el actual Alto Representante de la Unión Europea para la política exterior y de seguridad ha contribuido, a través de su vida y de su obra política y diplomática, a la configuración del mundo contemporáneo.
Nadie mejor que Solana puede servir de intérprete, ante los poderes europeos, de nuestras aspiraciones de avanzar hacia unas relaciones que vayan más allá de los beneficios comerciales y se adentren en aspectos fundamentales en orden político, como sucede con los acuerdos de asociación. Nuestro liderazgo, que tiene que poner los ojos en fronteras distintas de las tradicionales, y buscar variaciones en la orientación de sus esfuerzos por integrarse a grandes bloques económicos, debe aprovechar el hecho de que al menos uno de los miembros insustituibles de la gran junta directiva ha demostrado que nos quiere comprender. Por eso debe concitar el apoyo social y político a los esfuerzos que en esa dirección realizan nuestros diplomáticos de verdad.
edubaras@yahoo.com