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Multipartidismo placebo

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LA CONTRADICCIÓN ENTRE LA POpularidad del Presidente y la deslegitimación acelerada que sufre el sistema político, no es una paradoja histórica casual que pueda pasar desapercibida.

Puede ser la evidencia definitiva de que hoy el sustento político del sistema institucional no son los partidos políticos, sino la persona del Presidente de la República, quien acude directamente al pueblo con golpes de opinión, consejos comunitarios y encuestas, buscando sustituir la democracia representativa por una “participativa”. Lo que querría decir que el multipartidismo es una fachada, y lo que opera realmente en Colombia es un modelo caudillista, haciendo incontrovertible la tesis poco democrática del Alto Comisionado Luís Carlos Restrepo.

También sería la confirmación de que el fantasma que recorre la zona andina -el fantasma del populismo- también tocó a Colombia, con su secuela de devaluación democrática. Solo que el talante conservador y anti-reformista de Alvaro Uribe lo distingue tanto de Rafael Correa, Hugo Chávez y Evo Morales, que no permite apreciar las similitudes de fondo entre los fenómenos que llevaron, y mantienen en el poder, a los mandatarios andinos.

No de otra manera se entiende que la crisis de legitimidad que afecta al país, solo toque al sistema político y a la institución más política que es el Congreso, pero que deje a salvo las demás instituciones, como aseguran el Gobierno y los miembros de la coalición uribista. O la columna vertebral de la institucionalidad, los partidos políticos, han contagiado de su ilegitimidad a todas las instituciones, incluido el Ejecutivo y buena parte del aparato judicial y los órganos de control, o los partidos han sido reemplazados en su papel legitimador por la persona del Presidente. O estamos en una crisis institucional profunda, que requiere de mecanismos urgentes para relegitimar la institucionalidad en su conjunto, o atravesamos por un periodo de caudillismo populista que no justifica mantener la fachada pluripartidista que ha servido para apertrechar a la parapolítica.

Porque como demuestra la historia latinoamericana, cuando los partidos políticos carecen de raíces profundas, quedan reducidos a una apariencia engañosa, y el vacío que dejan lo copan el populismo o el autoritarismo. La apariencia de vitalidad de la democracia colombiana, en medio de una coyuntura de contracción indudable, se debe a que se confunde con la amplia gobernabilidad obtenida por el Presidente a fuerza de acumular poder.

El debilitamiento de la legitimidad democrática en favor de la gobernabilidad en casi toda el área andina, es lo que permitió que la región se haya sustraído de la dinámica internacional de gobiernos moderados que buscan conciliar el progreso con la justicia social, para dedicarse a los excesos socialistas y anticomunistas anacrónicos que estamos viviendo, y que el resto del continente, incluida Centroamérica, dejaron atrás hace tiempo.

Es una paradoja que los partidos de oposición, precisamente por haber resistido al ciclón caudillista, sean quienes le permitan al Gobierno alardear del vigor de la democracia colombiana. De no ser por ellos, no quedaría duda de que el multipartidismo colombiano es un placebo.

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