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HACE CUATRO AÑOS, EL 17 DE AGOSTO, Salvatore Mancuso celebró sus cuarenta años en una de sus fincas en pleno corazón de Ralito.
Llegó el ponqué de un metro de alto enviado por La Gata con la promesa de una próxima serenata vallenata. Llegaron mensajes y regalos: un par de botas ultralivianas, compañeras de un uniforme camuflado del ejército norteamericano, y muchas lociones. Presentes estuvieron los amigos: sólo dos jefes paramilitares y varios personajes de Montería, casi todos hoy judicializados. Abundó el Barolo, su vino predilecto, etiquetado por La Enoteca, acompañado de viandas igualmente italianas. ¡Ralito era una fiesta!
Cuando lo conocí en desarrollo de mi trabajo periodístico en Cromos, en marzo de 2005, primer año del gobierno de la seguridad democrática, me dijo contundentemente: ¡Coronamos! Desde entonces, ocho meses antes de que se hicieran públicos los acuerdos de paz, Mancuso parecía tener completo el libreto. Sería un pacto para garantizarle un camino sin sobresaltos a la legalidad. Aún clandestino y camuflado, con una soberbia inusitada, decía no estar dispuesto a pagar un solo día de cárcel. Después hablaría de cinco años, el número mágico que hacía sentir cómodos a los comandantes paracos.
Mancuso miraba con seguridad y confianza su futuro. La medalla de oro en tiro que obtendría en los Juegos Olímpicos del 2012. No descartaba alcanzar una curul en el Congreso. Quería desarrollar una ganadería de leche modelo, de altísimo nivel genético, y para lograrlo había invertido millones en semen de los mejores toros del mundo y en tecnología pecuaria e informática de punta, comprada directamente por emisarios suyos en ferias mundiales, especialmente en la de Hannover, Alemania. Desde un computador controlaba la producción de cada uno de sus potreros. Se vanagloriaba de un sonar para detectar el momento exacto en que las vacas entraban en calor, para garantizar el éxito de la inseminación.
Su obsesión vacuna lo llevó a colocar una cenefa con siluetas de vacas Holstein en las paredes de la finca. Cada cuarto con una Biblia abierta y clósets con trajes Hugo Boss y zapatos Ferragamo, los de la pinta que lució en el Congreso, cuando desafiante, le reclamó al país la deuda que tenía con él por su “gesta libertadora”.
Sólo pensaba en poder disfrutar tranquilamente su enorme patrimonio, acumulado a sangre y fuego. Entre cínico y agresivo, se negaba a hablar de la guerra o del narcotráfico. Y mucho menos de las víctimas. De la gente de carne y hueso que atropelló, mató o mandó a matar, arrebatándoles sus tierras. Era un pasado que quería enterrar y que no estaba dispuesto a revivir ni a enmendar.
Salvatore Mancuso no tenía ni tiene compromiso alguno con la verdad. No la conoce ni se siente obligado con ésta. La Ley de Justicia y Paz no tuvo los dientes para forzarlo a confesarla, como se vio a lo largo de unas audiencias retóricas y evasivas. Mancuso negociará, calculadamente, con la justicia norteamericana para luego regresar a ver parir sus vacas y, muy probablemente, pensar en redondear faena como presidente de Fedegán.
Y las víctimas, ¡de malas!