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HACE ALGUNOS MESES, LA POSIBIlidad de que el barril de petróleo llegara a los US$200 era tan remota que sólo muy pocos la contemplaban. Hoy en día, esa posibilidad ha pasado a ser una probabilidad cercana y podría ser oportuno examinar algunas de las consecuencias que este precio puede implicar en materias económica y política para los gobiernos, las empresas y los consumidores.
La principal consecuencia en el campo económico se sentirá en la globalización. Habrá, sin duda, otros sectores afectados, como los alimentos, el turismo y la finca raíz; así como algunas monedas. El motor de la globalización es la reducción de aranceles y el lubricante, el bajo costo del transporte. De acuerdo con Jeff Rubin, economista jefe del banco canadiense CBIC, los aumentos en el petróleo de hecho actúan como una “tarifa o arancel”. Para Rubin, el barril a US$100 ha borrado 45 años de reducciones arancelarias que les han permitido a países como India y China crecer a tasas espectaculares, utilizando como locomotora de su desarrollo el comercio exterior.
El economista canadiense estima que el barril a US$200 le añade US$10.000 de costo adicional a un contenedor de 40 pies, procedente del Lejano Oriente con destino a Estados Unidos. Como es obvio, los productos mexicanos se volverán más atractivos para Estados Unidos, y China necesariamente le tendrá que poner mucho más atención a Japón. El comercio nacional y subregional adquirirá mayor importancia relativa y la globalización entrará en una etapa de hibernación.
Más grave e impactante es que la comida será bastante más costosa de producir y de transportar desde los grandes centros de producción a los puntos de consumo. Por un lado, buena parte de los insumos agrícolas están ligados al precio del petróleo (fertilizantes, pesticidas y herbicidas), al igual que los combustibles de la maquinaria agrícola. Por otra parte, el 82% del costo final al consumidor de la comida está representado por otros rubros, dentro de los cuales los que más pesan son el transporte y el empaque, ambos igualmente ligados al precio del barril.
El costo de viajar en avión aumentará dramáticamente, afectando el turismo nacional e internacional y privilegiando el turismo de cercanías. La finca raíz, en cuanto a la migración a los suburbios y las segundas viviendas geográficamente distantes, se verá impactada.
Finalmente, el dólar seguirá devaluándose, al igual que otras monedas, incluyendo el euro, el real y el peso. De concretarse el anterior escenario revaluacionista, la cuestionable política de aumento de intereses por parte del Banco de la República sería suicida para el sector productivo colombiano.
En el campo político, megalómanos tipo Chávez y Ahmadinejad serán cada vez más poderosos y tendrán mayor capacidad de influir sobre sus vecinos y de seguir respaldando al terrorismo.
Pero dentro de este sombrío panorama, el barril a US$200 puede ser una bendición oculta en varios campos: Estados Unidos y la Unión Europea posiblemente entenderán que no es sostenible que teniendo sólo el 12% de la población mundial, consuman el 45% del petróleo y generen igual porcentaje de contaminación. Igualmente, las grandes compañías automotrices tendrán que modificar drásticamente el tipo de vehículos que producen, con el riesgo de ver sus ventas caer en picada.
Pero el aspecto más positivo es que de golpe el mundo se empieza a dar cuenta de que la era del petróleo ha llegado a su fin y modifiquen los patrones de consumo de combustibles fósiles, colocando mucho más énfasis en el ahorro energético y en la identificación e implementación de fuentes de energía renovables como la eólica, la solar, la geotérmica y los biocombustibles.